El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

viernes, 9 de abril de 2010

Un hombre que amaba los animales. Cap. 19


La mañana llegó clara y serena después de una noche tranquila, hasta que, como todos los días, se rompiera la calma por culpa de las voces de un agitador más madrugador que de costumbre, que gustaba de hacer la puñeta no sólo a los del otro bando, que respondían con más improperios salvajes, también a los suyos. Para ir caldeando los ánimos.


-¡Buenos días, hijos de la gran puta de Alá! ¿Os gustan los culos de los españolitos que os mandan? ¡Pues sólo conseguiréis sacarla llena de mierda; son unos guarros que primero se ceban como cochos antes de tirarse a vuestras moritas! ¡A nosotros, como mucho, nos vais a comer la polla! - Se oía por la megafonía desde la otra cima de la foz.


¡Eso sí, lengua no os falta! - contestó alguien desde el lado donde José y sus hombres se encontraban - ¡Y bien entrenada de tanto chupar culo hasta dejarlo rojo y "pelao", como el de un mandril! ¡Salís a la raza!


La distancia del vacío de la foz que separaba ambos bandos, debido a la imposibilidad de avance de tropas que suponía, sólo permitía el disparo selectivo de los tiradores y el fuego de los morteros, que de forma escalonada y anárquica rompían la monotonía en la que permanecían sumidos los hombres la mayor parte del día. Se trataba de evitar maniobras y escaramuzas del enemigo al otro lado, y de defender el puente a toda costa. Lo que menos se pretendía era gastar munición, necesaria siempre.
Los ataques de la aviación eran esporádicos y concentraban su actividad en el asedio de Belchite, por lo que provocaban poca inquietud en la tropa. Barrían las trincheras con sus ametralladoras al pasar por encima, pero raras veces descargaban sus bombas.
Cada hombre controlaba a su contrario en el otro lado. Pasaban muchas horas observándose sin poder disparar. Algunos se conocían por los insultos que se intercambiaban y se prometían lo peor ante la impotencia de no poder enfrentarse. Así mataban el aburrimiento y desahogaban sus tensiones mientras trataban de distraer al adversario. Aquellos insultos desde la distancia insalvable buscaban la provocación en el otro bando, para hacer más entretenido el compás de espera en el que estaban aprisionados, ansiosos por romper el sitio.


¡Eh, "señoritingos" de mierda! ¿Se os han acabado las balas? Porque cojones ya sabemos que no tenéis. ¡Mal hacen en Belchite esperando que una panda de maricones vayan a rescatarlos! ¡Porque eso es lo que sois, un atajo de maricones!


José ordenó a sus hombres no contestar. Oteó con sus prismáticos el puesto de transmisiones al otro lado y mandó al sargento Huertas poner en juego los tiradores mejor posicionados, los que dominaban en su ángulo de tiro aquella parte de la trinchera enemiga. Su objetivo, esperar apostados como un cazador con el ojo fijo en el punto de mira, aguantando el momento en que la presa aparece confiada para disparar con el mayor grado de efectividad.
El primer "pa-co" se escuchó al poco tiempo en el barranco y fue contestado por varias ráfagas desaforadas de ametralladora, que cesaron pronto ante la falta de contestación. El disparo alcanzó en la cabeza a un joven soldado en el otro lado cuando se movía hacía el puente con desmedida confianza entre el jolgorio formado por sus compañeros durante el intercambio de insultos, que los había excitado hasta el punto de despreocuparse, relajándose más de lo normal.


-Es el momento Sergio. Quiero que lances ahí abajo ese pelotón de reconocimiento - dijo José -. El teniente Vázquez se encargará de mantenerlos entretenidos con el fuego de morteros. Necesito que examines el terreno personalmente. Te cubriré con dos ametralladoras por ese lado, no te preocupes. Intenta buscar un acceso seguro lo suficientemente cercano y procura que no os descubran. De ello dependerá mucho el éxito de nuestra misión.

-¡A sus órdenes mi capitán! - Respondió Sergio, que se alejó de inmediato en busca de sus hombres.

-Teniente Vázquez, llegó la hora - le dijo José -. Quiero que machaque con sus morteros ambos lados del puente hasta nueva orden.

-Ramirez, cubra con otra ametralladora el flanco izquierdo y no permita que el sargento Huertas sea sorprendido! - Continuó José dando órdenes -. Sólo abra fuego de cobertura y apoyo si es necesario. No quiero demasiado movimiento en esa ala; de eso se encargará Vázquez en el puente . 

Ambos tenientes se retiraron a sus puestos para preparar a los hombres. Vázquez inició la refriega con un fuego incesante de morteros, que eran contestados desde el otro lado del barranco con una frenética respuesta de las ametralladoras y cañones ligeros de infantería y tiro raso.


































José controlaba a través de sus prismáticos el pequeño grupo de hombres que se alejaba intentando pasar desapercibido entre las rocas y la escasa vegetación de la cima, aprovechando el ruido y el revuelo que se había formado en torno a las posiciones del puente, donde los republicanos concentraban ahora toda su atención y esfuerzos. Esbozó una sonrisa mientras veía desaparecer a sus hombres ladera abajo, serpenteando el terraplén que los conducía al fondo del desfiladero. Se felicitó porque todo había salido bien por el momento y concentró de nuevo su mirada en el otro lado del puente. El incesante martillear de las ametralladoras se repetía en el barranco de forma abrumadora y el fuego graneado de morteros levantaba nubes de fuego y polvo. Consideró oportuno cesar el combate y ordenó a sus hombres dejar de disparar, convencido de que Sergio y el pequeño grupo de hombres que lo seguían estaban a salvo.
Al relajarse, mientras veía como se reorganizaban en el otro lado tras el altercado, retornó a su recuerdo la fotografía que aquella mujer le había dado. El rostro oculto tras una barba tupida y sin arreglar, no podía disimular aquella mirada impenetrable que parecía no descansar en ninguna parte, disimulada bajo una sonrisa de zorra burlona donde se atisbaba la traición. Como la funda de mahón azul y el gorro bicolor de la FAI tampoco podían ocultar aquella postura altanera y superior que representaba siempre.

Pensaba en su novia y no le salían las cuentas. ¿Cómo era posible que aquel canalla hubiera regresado de Santander herido, cuando allí no se había pegado un sólo tiro todavía? Los acontecimientos que Piedad le contaba en la carta no eran tan lejanos en el tiempo, habían sucedido tan sólo unos meses atrás. Era perfectamente factible suponer que aquel personaje participara en los hechos, dadas las actividades subversivas a las que se dedicaba. José no era ajeno a los acontecimientos de la guerra, y como todo el mundo sabía lo de mayo en Barcelona, bien aireado por la propaganda de guerra en toda la zona nacional. Las luchas intestinas por el poder en el seno de una república que sólo había sido un estandarte en la lucha obrera contra la sublevación, los llevó a combatir entre ellos por el control de la sede de telefónica en Barcelona, controlada hasta entonces por la CNT. Milicianos del POUM y de la CNT se unieron para evitar su ocupación por fuerzas del gobierno de la Generalitat, que componían otros grupos políticos como Esquerra Republicana, PCE y del PSUC, adictos al control político de la República, e interesados en retornar a ella el poder real que significaba la revolución social anarquista. La intervención de fuerzas gubernamentales desembarcadas en el puerto sofocaron la revuelta, y a partir de ese momento el movimiento obrero perdió gas en una república cada vez más descompuesta ideológicamente.
Franco se atribuyó un éxito de sus servicios secretos en la retaguardia. Se dijo que algunos "pacos" (francotiradores) habían comenzado a disparar apostados desde las ventadas de edificios cercanos a la central de telefonía.
El resultado real de aquel hecho fue que la CNT y sobre todo el POUM - de ideología trotkista - fueron neutralizados en el seno del poder republicano. La CNT, con varios ministros en el gobierno, no pudo detener su caída, que a partir de entonces pasaría a manos de Negrín apoyado por los comunistas, quienes terminarían disolviendo las columnas milicianas en el nuevo ejército popular y anulando las colectividades. La república burguesa trataba de imponerse a costa de la sangre de quienes la defendían.
Los acontecimientos de mayo de 1937 en Barcelona supusieron un punto de inflexión en el transcurso de la guerra y una derrota política en toda regla, que el bando nacional supo aprovechar en su favor.
El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) quedó prácticamente aniquilado. Llegó a asociarse con la "Quinta Columna", aquella que citó el general Mola al referirse al avance sobre Madrid, que combatiría desde dentro al lado de los sublevados y se convertiría en leyenda. Los principales dirigentes del POUM fueron fusilados acusados de traición y el partido sufrió una purga terrible, siendo ilegalizado.
La CNT, dividida entre quienes lucharon en las barricadas de las calles de Barcelona por lo que habían conquistado a sangre y fuego, y el sector dirigente, que tras la muerte de Durruti se inclinaría por "la guerra primero, después la revolución", y que había dado la vuelta al concepto de "construir la casa por los cimientos" de Durruti, contribuyó a su imparable caída. El poder real que la clase trabajadora se había dado, retornaba de nuevo a la burguesía, a la República. 
La CNT perdió el control de la situación en Cataluña.  Y en Aragón, donde gobernaban prácticamente de forma autónoma apoyados por el POUM, fue suprimido el Consejo de Gobierno Regional y sus dirigentes encarcelados o fusilados.   
Los únicos ganadores en "aquella guerra dentro de la guerra", el mayo del 37 en Barcelona, fueron los comunistas, que afianzaron sus tesis sobre la guerra en un gobierno de mayoría socialista, falto ahora del apoyo ideológico que suponía la revolución social de la CNT. La pequeña victoria del gobierno de la República sobre el poder social de la revolución anarquista que supuso el mayo del 37 en Barcelona, se truncó en su contra, debilitándola psicológicamente y haciéndole perder su más grande aliado. 
Pero aquello era el principio de la fosa que la propia República se estaba cavando, y tenía mucho que ver con otro tipo de guerra, clandestina y subversiva, subterránea y silenciosa, invisible, casi irreconocible por su ambigüedad, por su falsedad, porque no se atisba la traición: el espionaje.


-Sí, es perfectamente verosímil - se dijo José - ese mal nacido es posible que estuviera infiltrado en algún grupo de acción sindicalista con conexiones en el POUM. Esos hijos de puta de su calaña persiguen la anarquía también, aquella que otorga el poder total y definitivo sobre los demás. Tengo que escribir sin demora a Micaela.



Berta se había acostumbrado a José, de modo que no se separaba de él. Iba a su lado a todas las partes sin apartarse más que unos metros de sus piernas, salvo cuando ambos estaban solos y José le permitía que olisqueara dejándose llevar por los vientos hasta donde podían verla sus ojos y no corría ningún peligro. A veces salían juntos a pasear fuera de las lineas de trincheras, alejándose lo suficiente para encontrarse solos en medio del campo, meditando uno y tratando de cazar el otro sobre alguna ladera llena de huras de conejos, o sobre las pajas de los campos de cereal cercanos, ya segados. En silencio, cada uno a lo suyo, sin tratar de interferir demasiado, como si animal y amo hubiesen sellado un pacto de igualdad para esos momentos. José llegó a entender cada pose, cada movimiento de cola de su perra, aprendiendo a esperar para conocer la situación que le indicaba y la distancia a la que se encontraba su presa. Admiraba como se agazapaba deteniéndose para no espantarla, y como reptaba sigilosamente sin provocar apenas movimiento a su alrededor, lanzándose segura sobre su víctima en el momento exacto.
Aprendió de Berta cómo caza un animal: por instinto, con sigilo y paciencia, sorpresa y determinación; factores que a su vez él trataba de utilizar en la guerra.
Se habían hecho muy buenos amigos, se respetaban siempre, pues él la trataba como a un igual. Hablaba con ella cuando ambos se encontraban solos. La alagaba y la trataba con la ternura con la que se trata a un niño, pero era enérgico con ella como con sus hombres y no le permitía el más ligero desliz. No dejaba que los soldados la tocaran, evitando así que jugaran con ella y se hiciera confiada. La enseñó a tener aplomos ante las formaciones y a permanecer quieta y tranquila a su lado. La perra ganó más confianza en sí misma y ambos formaron un todo. No era posible identificar a José sin su perra, a pesar del  parche en el ojo que llevaba desde lo de Brunete. Ambos, hombre y animal, formaban una imagen que los soldados admiraban pues les infundían camaradería y confianza, lealtad, respeto, e incluso devoción. Sus hombres le seguirían hasta el final.   


              





No hay comentarios: