El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 17 de mayo de 2016

PARA LA EDUCACIÓN.





-Debí primero ser padre para aprender a ser hijo - dijeron las palabras -. Sólo así comprendí lo sabido: "Los potros, mejor que los dome otro". 
Y para aprender a ser padre el destino me condujo a cuidar de los míos. Admito ahora haberme equivocado como hijo y también como padre. No es igual tener hijos que criarlos; no es lo mismo querer a los padres que atenderlos en sus necesidades. Existe un ancho margen entre dar y compartir.

Y el sentir se reveló:

Los hijos necesitan rectitud para crecer fuertes, seguros de sí mismos, y la rectitud exige disciplina, aquella que les une con el tutor que los mantiene firmes y erguidos. Pero el padre resulta un tutor tirano si ejerce la autoridad que le aporta su experiencia; en el lazo de amor sólo cabe el respeto mutuo. Idéntica dificultad cuando el hijo cuida del padre anciano, pues el respeto no tiene edad. Se yerra cuando se cree proteger a los hijos; sólo de ellos depende su seguridad. El afán de protección de los padres para con los hijos es el reflejo de los miedos e inseguridades no superadas por aquellos y contiene mas egoísmo que amor, pues busca una seguridad inexistente. Si algo se debe procurar enseñar a los hijos es a valerse por sí mismos, y en esto no valen cadenas, sino alas fuertes y seguras para lanzarse al vacío del mundo, que exige volar en libertad. Para ello los padres contemplarán y tendrán en cuenta primero las motivaciones y cualidades de los hijos - que no se descubren poniendo limitaciones a su voluntad - antes de trasmitirles los conocimientos de su experiencia. Pretender que los hijos sean el camino que no se terminó de recorrer es un error que se paga con la falta de amistad, como el sentimiento de propiedad sobre ellos se paga con la pérdida del amor.

Igual de importante es la unidad de criterio de los padres en la educación de sus hijos; para no sembrar la duda en sus conciencias y significar una guía segura para sus pasos. Sin ella, la voluntad de ayudarles a formarse correctamente puede ser fácilmente doblegada por sus caprichos imposibles, que, para conseguirlos, buscarán refugio en el chantaje emocional a la parte más débil y que supondrán, de no corregirse a tiempo, el germen de la separación en la pareja.
Por ello no habrá concesión sin contrapartida, pues los premios, igual que los castigos, no surten efectos positivos si antes no existió compromiso.





















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