El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

domingo, 30 de diciembre de 2018

CON IDÉNTICA ILUSIÓN.







-Puedes irte, no me importará. Nada me debes como nada te debo. Te llevas para siempre una parte de mí por lo que trajiste contigo. Nada te reprocho. Todo tiene algo que desearía olvidar y algo que quisiera que nunca me abandonara. Por eso, aunque te recuerde, nunca te echaré de menos. Te irás con la misma pena que la gloria que me diste, ni más ni menos.
Para ser justo no estuvo mal del todo, a pesar de que fueron más las sorpresas que los deseos realizados, más tus desengaños que mis triunfos a tu lado. Y no te culpo ni me culpo, te sentí a mi manera y ya sabes como soy de despistado. Te amé el tiempo que estuviste de mi parte, las veces que me dejaste.
Llegaste una noche fría, como ésta en la que te irás como si no me hubieras conocido. Yo salí a tu encuentro y me entregué a ti de inmediato, sin vacilar. Era entonces cuando más te amaba, cuando más esperaba de ti.  Ya entonces sabía que estabas de paso, que nada podría retenerte cuando llegara el momento, y que no desearía estar a tu lado aunque me jurases fidelidad eterna.
No, te deseo lo mejor, pero no pienso seguirte. Debiste saber que no soy amante fiel, como tú tampoco. Tomaré el próximo amor con idéntica ilusión conque a ti te recibí, sabiendo de antemano que desearé perderlo para poder amar a otro. Espero que muchos reconozcan haber obtenido lo que a mí me negaste. Adiós 2018.









  

miércoles, 19 de diciembre de 2018

AUTOBIOGRÁFICO.








Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Henry Miller, Trópico de Cáncer


En 1981 cumplía mis primeros dieciocho años. Por entonces, más que leer devoraba las novelas de Henry Miller, escritor estadounidense (1891-1980) proscrito por la sociedad hipócrita y puritana de su tiempo a la que criticaría en su obra escrita destapando su falsa moralidad, razón por la que sería censurada en EE.UU hasta el año 1961. Su estilo directo y provocativo abordaba las relaciones sexuales de forma explícita y sensual, rompiendo cánones con los escritores de su generación, lo que le supondría un proceso por obscenidad con su primera novela, Trópico de Cáncer, considerada pornográfica.
Su obra influiría notablemente en la generación Beat convirtiéndose en un icono del movimiento underground en los años sesenta y setenta. Puramente autobiográfica y existencialista, plagada de pinceladas surrealistas, fue referente en la revolución sexual y los derechos individuales del movimiento Hippie. Hoy en día en nuestro país resulta difícil encontrar su obra en las bibliotecas públicas. Hasta ese extremo hemos calcado la estrecha y falsa moral estadounidense sobre nuestro modo de vida. Puede que hoy en día, la progresía reaccionaria de corte feminista exacerbado que padecemos, considere a Henry Miller un escritor machista, incluso misógino, y a ello se deba la censura subterránea que sufre de nuevo su obra. Pero nada más alejado de la realidad.
Creo que es en Sexus, primera novela de su trilogía “Crucifixión Rosada”, donde Miller describe su paso como agente de selección en una oficina de contratación temporal en el Nueva York de de la Gran Depresión de Wall Street. En tono surrealista Miller nos cuenta las razones que le llevaron a abandonar un empleo tan deseado por muchos en aquellos tiempos y partir como inmigrante al París de entre-guerras para realizar su vocación de escritor sin más recursos que sus manos. Pasaría hambre y frío bajo los puentes del Sena antes de escribir el párrafo con el que he abierto este artículo.  

Recuerdo esto, porque hace pocos días me sentaba en el despacho de una agencia de contratación temporal como candidato en un programa de re-educación para la búsqueda de empleo, concertado con el servicio público de empleo debido a mi estado como parado de larga duración sin subsidio alguno. Me entrevistaba una mujer jovencísima, que sin dejar de sonreír y después de darme los buenos días, ofrecerme asiento y pedirme mi currículo, la tarjeta del paro y el DNI, (papeles que aporté en el acto), me presentó un documento que incluía un pliego de condiciones para que lo firmase. Mientras tanto me explicaba lo mismo que el día anterior por teléfono: Que había sido seleccionado para un programa de orientación para la búsqueda de empleo. Que ellos eran una empresa dedicada a...

Yo, tras echar una mirada presta a los papeles, y para no demorar en vano la cuestión, le comuniqué que no firmaría nada que me comprometiera a vínculo alguno con el servicio público de empleo ni con su empresa antes de saber en qué consistía aquel programa de formación para el que había sido seleccionado, pues no veía lógico que sin recibir información más amplia, se me pusiera tal condición por delante.

-En ese caso, si usted no quiere, bastará que nos firme un documento de renuncia. Está en su derecho -. Me dijo.

-Faltaría más – le contesté -. Aunque no es cuestión de querer o no, cuando aún no se sabe qué. No me gusta decidir sin saber lo que me conviene, y firmar de entrada esos papeles me supone compromisos innecesarios para mis intereses. Puedo leerles, si quiere, las obligaciones a las que me expongo firmándoles, y aunque tal vez me conteste que esas condiciones no las pone su empresa sino el servicio público de empleo, ya me dirá que hacen juntos sus membretes en el mismo documento.
Creo que entiende que es lógico lo que le digo, y que su obligación es prestarme primero la información más amplia y necesaria antes de requerir mi firma. Pensé que ustedes realizaban intermediación con otras empresas para la búsqueda de empleo en base a las capacidades de los candidatos y la oferta disponible, que es lo que las personas en mi estado necesitamos.

-Bueno - me dijo -. Aquí le ayudaremos a buscar empleo, y comenzaremos por enseñarle cómo redactar su currículo (curriculum fue su palabra).

Mi currículo profesional y su carta de presentación, junto al DNI y la Tarjeta del servicio nacional de empleo, continuaban sobre la mesa de la misma manera que los había entregado, sin ser comprobados, pendientes de ser escaneados para su archivo. No pude contenerme, había tocado mi amor propio de escritor, por lo que sin demora y mientras la miraba a los ojos, le pregunté:
















-¿Usted en mi caso, señorita, se fiaría de alguien que pretende enseñarle a redactar su currículo profesional, cuando ese alguien ni siquiera se ha molestado en echar un vistazo al que le han pedido? Porque eso mismo es lo que acaba de hacer usted conmigo. ¿Cómo está segura de que puede mejorarlo sin saber su contenido, si en todo este tiempo todavía no ha merecido su atención?

-Todo es mejorable - me contestó con abierta sonrisa.

-Sí - le dije -. Pero primero es necesario saber qué es lo mejorable. Yo, por lo que me interesa, he leído los papeles que me entregó al tiempo que he despachado con usted. Pero a usted, parece no  haberle dado tiempo ni a mirar la fotografía de mi currículo. La verdad es que ya he considerado que en el próximo no pondré fotografía, quien quiera conocer mi cara tendrá primero que fiarse de mis palabras.

-No sólo es el currículo. Le enseñaremos a marcarse objetivos, a mejorar su perfil, a hacer un seguimiento de las ofertas en el mercado laboral de forma adecuada…y podrá obtener las titulaciones profesionales necesarias que le permitirán acceder a diferentes candidaturas de empleo.

-Todo eso es secundario para mí cuando mi auténtica necesidad es un empleo remunerado.

-Bueno, el saber no ocupa lugar…

-Sí, sí que ocupa señorita; y mucho tiempo. Mire, es muy joven todavía, yo estoy ya en esa edad en la que uno comprende que saber tanto no es demasiado importante, y que hay cosas que es mejor no saber, no conocer. Perdemos demasiado tiempo en cosas que realmente no nos interesan y espero que me disculpe, ésta es una de ellas. Hace ahora un año aún pensaba como usted, que aprender no ocupa lugar, y cambiando la prestación que cobraba me apunté a un curso de formación. Siempre me ha gustado la jardinería, ¿sabe? Y no he dejado de practicarla. El caso es que cuando finalicé la formación que pretendía, con la que intentaba reingresar en el mundo laboral, el servicio nacional de empleo me denegó la prestación que antes cobraba, por lo que llevo seis meses sin recursos económicos. La intención de encontrar un empleo me ha traído aquí, nada más. No el hecho de que me hayan seleccionado como candidato para ingresar en las filas de su empresa. Pero no se asombre, esto pasa a diario y hoy me ha tocado a mí.
He sido antes profesional en otras cosas, como verá que refleja mi currículo, pero mi profesión actual es ser escritor, ¿pueden ayudarme con mi trabajo?

-¡Vaya, escritor! ¿Y qué escribe?

-Escribo un blog en internet.

-Eso está muy bien. ¿Y cuál es el nombre del blog?

Le di el nombre del blog, que rápidamente buscó en el navegador de su ordenador y que apareció al instante en su pantalla.

-¡Interesante!

-Sí, son diez años de trabajo. ¿Sabe lo que eso significa? Pues yo se lo voy a decir: significa hacer algo por uno mismo, sin más obligación, necesidad o imposición. Significa aprovechar el tiempo cuando el mundo te ha dejado tirado en la estación de la vida donde paran menos trenes, y todos conducen al mismo lugar. Significa vaciar el equipaje del pasado y volver a empezar, apostar como nunca por el fruto de las propias manos, aunque para otros no tenga valor. No creo haber perdido el mundo, sí que el mundo un día quiso perderme. Por supuesto no sería hoy quien soy sin estos años condenado al olvido, de retirada forzada. Y pese a todo lo he conseguido, soy por fin lo que deseaba y el mundo comienza a reconocerlo.

Me miraba sin decir nada. La sorpresa había desaparecido de su rostro dando paso a cierta admiración mezclada con una sutil compasión. Se acababa de dar cuenta que me había perdido, que nada podía hacer por retenerme. Entonces se levantó, se acercó hasta donde estaba instalada la impresora y tomó un papel impreso en su mano con el que regresó hasta la mesa redonda de escritorio donde anteriormente me había invitado a sentarme a su lado. 

-Este es el documento de renuncia - dijo, no sin cierto pesar -. ¿Está seguro de que quiere firmarlo?

-Sí, por favor - contesté -. Creo que ambos tenemos claro que tardaremos en vernos. Pero permita que la salude si un día por casualidad nos encontramos, me parece una joven agradable y buena persona.

-Quizás no tanto -. Siguió sonriendo.

-¿Cómo?¿No entiendo?  

-Soy de...Usted es de...¿Verdad? Entonces quizás no tardaremos en vernos -. En sus ojos se notaba una chispa de sincera emoción.

-Estaría encantado en invitarla a un café.

-Fenomenal entonces. Me disgustaría haber hecho perder su tiempo – me comentó de forma sincera.

-No, no se preocupe, la he conocido a usted y es lo mejor que me ha pasado esta mañana tan fría. Usted ha conseguido poner un poco de calor en ella con su comprensión. Y no, no he perdido nada, estoy seguro de haber conseguido una buena lectora.

Y me despidió con la misma sonrisa con la que me había recibido al entrar. Salí de nuevo a la calle, dos secretarias veteranas tomaban el primer descanso de la mañana fumando a un lado y al otro de la puerta. Apartaron de mí con desdén la mirada cuando pasé a su lado. Intentaban mitigar el frío que sentían (quizás también mi indiferencia) cubriendo su torso con los brazos cruzados mientras fumaban. Sobre sus cabezas las nubes de humo que exhalaban sus bocas se disipaban en la niebla. 
Y recordé a Miller paseando en soledad un día frío de invierno en Nueva York, bajo el viejo puente de Brooklyn y los rascacielos de Manhattan, meditando la decisión con la que conseguiría burlar al destino para realizar su personalidad.














jueves, 6 de diciembre de 2018

PARA TODAS LAS EDADES.








Aquel recuerdo quedó grabado para siempre en mi memoria como la secuencia de una película en blanco y negro. Pero a pesar de la influencia mediática de la televisión, que emitía en aquel tono cualquier reflejo de la realidad del momento, quizás fuera el gris del abrigo de aquel anciano, con quien solía encontrarme cada tarde de invierno al salir de la escuela, el color selectivo que tiñó en monocromo momentos tan especiales de mi niñez.

Paseaba en torno a la plaza de la iglesia embutido en un abrigo de paño gris abrochado hasta el cuello, la bufanda perfectamente metida por dentro y un sombrero de fieltro que tapaba su cabeza y apenas dejaba ver su pelo canoso, casi blanco. Me llamaba la atención la raya perfecta en sus pantalones y la pulcritud de sus botas de media caña.

Su rostro moreno, arrugado por la delgadez que le había caracterizado a lo largo de la vida y que la decadencia física y la enfermedad habían acentuado, culminaba una figura enjuta y mermada que hacía más intrigante su soledad para los ojos inquietos de un niño como yo, que corría por las calles buscando compañeros de juego.

-¡Eh, "Perejilo" pequeño. Ven acá, valiente! - Me decía. 

Yo frenaba mi carrera en seco, daba media vuelta y rápido acudía a su llamada. A todos los lados iba corriendo. Mi madre se quejaba porque nunca estaba quieto, y mi padre contestaba que era como un potrillo, que "no me dejaba la sangre".

-"Véteme a buscar un librillo de fumar a casa del señor José el Joseíta". Anda majo, y te doy la propina. 

Y sacaba un "duro"(moneda de cinco pesetas de la época) de uno de sus bolsillos y lo ponía en mi mano. 

-Dile que es "pa" mí y no te harán esperar si hay gente. 

Fumaba un cigarro tras otro todo el tiempo que duraba su salida al paseo de la tarde, exceptuando el que perdía en hacerlos con sus manos temblorosas. En casa no le dejaban fumar para proteger su salud achacosa, pues aquel vicio, arraigado desde joven en su sangre, había dejado una huella profunda.
Yo prendía a correr con la moneda apretada en mi mano. La tienda de ultramarinos solía tener jaleo a esas horas, cuando los más pequeños volábamos de casa con la merienda sin terminar en la mano para buscar a los amigos de juego y las madres aprovechaban para hacer las compras que no habían podido realizar por la mañana.
Abría la puerta y me metía entre las clientas hasta el fondo, donde la barra de despacho se unía con la vivienda y el almacén, sitio por el que pasaban constantemente los tenderos en busca de productos. Allí siempre encontraba el momento para decir: -¡Veyo, Micaela..! ¿Me darías un librillo de "Abadie" para el señor Manolo "el Sayagués"?

-¡Anda con el "perejilo" pequeño, que espabilado es! - Solía decir alguna de las señoras que compraban a mi lado. Pero, como si nada, el tendero me daba el librillo y las dos pesetas de vuelta con las que salía corriendo de nuevo hasta la plaza buscando al señor Manolo. Le entregaba el librillo y el cambio, y automáticamente me devolvía éste como propina acordada.

-Gracias majo - y pasaba su mano por mi cabeza dándome un suave tirón de pelo en la coronilla -. Cuando vea a tu padre le diré que eres un valiente. Anda corre; por ahí he visto pasar hace poco a tus amigos, que seguro te estarán esperando.

Yo volaba más que corría calle abajo, buscando la carretera y el puente del canal donde solíamos reunirnos para jugar hasta que el sol se metía en el horizonte y las primeras luces del pueblo comenzaban a definirse en la incipiente oscuridad.








-¡Hombre, ya estás aquí! - Decía mi padre, que gustaba de asearse tras llegar a casa después del trabajo antes de comer un "muerdo"- como decía él - y echar un trago de vino. Dedicado a esa tarea le encontraba muchas veces al volver de mis juegos, sentado en el "escaño" (banco de madera) junto a la mesa camilla mientras mi madre preparaba la cena.

-Ven, ponte aquí en la pata del escaño a ver cuánto has crecido hoy.

Yo accedía a su llamamiento. Le gustaba estrecharme en sus brazos y frotar cariñosamente con su barba mi nuca, de lo cual yo intentaba siempre librarme, sin conseguirlo. Después me colocaba allí, y marcando con su dedo por encima de mi pelo, aseguraba:

-¡Hoy has crecido medio centímetro!

-¿Otra vez? - Preguntaba yo sorprendido -. Pero si ayer me dijiste también que había crecido medio centímetro..

-Pues hoy también. Sí, sí, medio centímetro nada menos. Créelo, que es verdad. Como sigas así vas a ser un tío grande.

Mi padre sabía de sobra que yo era un ser menudo, pero le gustaba ver como me estiraba hasta ponerme de puntillas cuando me pedía que levantara la cabeza para medirme bien. Era muy guasón, pero a pesar de todo estoy convencido de que mi crecimiento comenzó a disminuir desde que él dejo de medirme, de ahí mi estatura y corpulencia.

-No se si un día llegaré a ser muy grande - dije yo -, pero el Señor Manolo me ha dicho que soy muy valiente.

-¿Quien, el señor Manolo el Sayagués?

-Sí. Hoy me ha mandado al estanco a comprarle un librillo de fumar y me ha dado dos pesetas, mira.

Es un señor muy mayor y va siempre solo. Me da, como pena... ¡Y siempre me llama a mí para que vaya a por tabaco!

-Ya decía yo, y no querías creerme, que habías crecido medio centímetro - decía mi padre -. Y estoy seguro que también ha crecido la bondad en tu corazón, aunque tu no lo hayas notado. La vocación de servicio, hijo, es la fuerza que nos hace crecer en la vida más que ninguna otra. No lo olvides nunca. Tu cuerpo dejará de crecer un día, pero la fuerza de la vida seguirá creciendo en ti si mantienes ese sentimiento. Con la misma medida de tu entrega a los demás será medido tu valor, y sólo en su refugio encontrarás el sosiego necesario para tu alma, pues los sueños con los que hoy juegas un día se transformarán en realidad que sofocará tu espíritu y la pena será un obstáculo, un motivo para mirar para otro lado si no existe afecto, el mismo con el que nacemos y que con facilidad solemos perder en nuestro loco deambular por el tiempo que nos toca vivir. Estoy convencido de que un día agradecerás a la vida haber llegado donde él ha llegado. Comprenderás entonces que por duro que resulte no es menos bello llegar a viejo. Que sólo es una metamorfosis, pues el viejo es el mismo que antes fuera niño, igualmente necesitado de afecto y protección para sobrevivir a la soledad. Como cualquier ser, nada más.

Ha pasado mucho tiempo desde que mi padre me dijera estas palabras, pues ya conozco el terreno pedregoso de la vejez. He visto cambiar al mundo para ser el mismo de nuevo y creo que ningún tiempo fue mejor ni peor. Antes fui niño y ahora disfruto la juventud de mi vejez, pero entonces como ahora sigo necesitado de afecto, sigo mereciendo el mismo respeto. Porque el respeto no tiene edad, porque el afecto nos hace crecer, seguir viviendo.