El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

lunes, 24 de enero de 2011

PROCESO EVOLUTIVO Y DESARROLLO TECNOLÓGICO.





- ¿ A qué responde el desarrollo tecnológico ? ¿ Qué es la tecnología ? ¿ Nos esclaviza o nos libera ? ¿ Será capaz de sustituir nuestro código moral posibilitando un cambio controlado del proceso evolutivo humano ? Si no es así, ¿dónde nos lleva?

El sentir se reveló para mostrarse a las palabras:

- La tecnología no nos conduce a parte alguna que no queramos, pues surge de nuestra capacidad creativa como respuesta al medio, al cual tratamos de adaptarnos. Nos ayuda a desenvolvernos en él y alcanzar otros medios más lejanos, también necesarios, pues necesitamos expandir la fuerza creadora que contenemos y que nos impulsa a hacerlo sin que seamos conscientes; nuestro paso por la vida que conocemos es demasiado rápido, demasiado fugaz nuestra huella, mas la fuerza que nos impulsa es infinita y no puede ser contenida por el tiempo y el espacio.
La tecnología no cambiará nuestro código moral, al contrario aún lo afianzará más, pues desde los principios del hombre ha sido su servidora. El proceso evolutivo de la especie humana es el que promueve el desarrollo técnico y lo utiliza como herramienta para conseguir sus fines. La tecnología es el resultado práctico de la técnica que utilizamos para hacer posibles nuestros deseos. 
No deberíamos sentirnos esclavos de nuestra tecnología, sí de nuestras aspiraciones, que van siempre por delante del desarrollo de aquella y no tienen límites. Por eso no podemos negar la tecnología sin negar nuestra capacidad creativa, ni limitar la tecnología sin limitar nuestras
aspiraciones.
 Reconducir nuestros deseos y optar por aquellos que realmente necesitamos realizar no es tarea de la tecnología, sólo dentro de nosotros está esa posibilidad, sólo dentro de nosotros se contiene la técnica que la hace posible.
 Como el primer hombre que rasgó la piel del animal y la cosió para cubrirse con ella se convirtió en el primer sastre,
la tecnología hace posible la cantidad sin fin de posibilidades que se contienen en nosotros, inducidas por los nuevos medios que conquistamos, y que con nuestro paso, transformamos creando otros nuevos. 



sábado, 22 de enero de 2011

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )





José desplaza a sus hombres desde el cementerio viejo  al sector de la Muela, combatiendo en toda la linea del frente hasta enlazar con la IV de Navarra.  Aquellos momentos coinciden con un feroz contraataque republicano sobre los sectores de Concud y El Muletón, reforzado con brigadas de la 25 División y también de la 46 del Campesino, que acaba de llegar con el V Cuerpo de Ejército.  José y sus hombres tienen que emplearse a fondo en la lucha antes de llegar al sector de la Muela, pues la nieve y el frío extremo siguen afectando a las divisiones de Aranda, que varadas sobre las llanuras de Concud sufren severas bajas que les impiden avanzar. 
El día tres de enero de 1938 es evacuada la población civil por las fuerzas republicanas, las cuales recrudecen su presión sobre los reductos que aún resisten en la ciudad: el Hospital de la Asunción, donde están refugiados los del Gobierno Militar con mil quinientos civiles, y el Convento de Santa Clara con aquellos que han logrado sobrevivir en la defensa del Seminario.

José consigue enlazar con la Muela el día seis por la mañana. Allí se combate sin tregua para defender la alta planicie desértica de las embestidas republicanas; un objetivo en el que Rojo se ha enconado de manera absurda en un choque frontal que sólo conseguirá contener por un tiempo la presión de las divisiones de Varela, y que supondrá un sacrificio inútil de las mejores fuerzas de relevo, lo que a la larga terminará debilitando al Ejército de Maniobra republicano. Una vez empleados ahora todos sus efectivos, Rojo se queda sin reserva.

Quienes querían escapar de Teruel tenían buenas razones para ello. Su lucha no solamente era heroica, era también desesperada. Seguros estaban de que no sobrevivirían a la rendición de la plaza, pues casi todos ellos eran responsables de la enorme represión que había sufrido la ciudad tras el alzamiento militar del treinta y seis. Recientes estaban los asesinatos en la plaza del Torico y en los pozos de Caudé, donde exterminaron a todos aquellos considerados enemigos políticos y simpatizantes de la República, y eran conscientes de que para ellos no habría perdón si caían en manos de los republicanos, pues ni el mismo Dios misericordioso se apiadaría de sus almas. Tan graves eran las culpas que acumulaban en aquellos momentos, cuando Rey d´Harcourt había negociado ya la rendición de Teruel con Hernández Saravia, jefe del Ejército de Levante.
Hernández Saravia era el encargado de la dirección táctica en el teatro de operaciones de la batalla. Pertenecía al arma de artillería y era el general de carrera más fiel al espíritu republicano. Había sido secretario personal del presidente Azaña y jefe de su gabinete militar cuando éste era Ministro de la Guerra, durante la presidencia de la República de Alcalá Zamora. Jugó un papel importante en la des-articulación del golpe militar del general Sanjurjo en 1932 y fue responsable de la represión de Casas Viejas. Durante unos meses, después de la sublevación militar, asumió la cartera del Ministerio de Defensa, y en aquellos momentos dirigía las operaciones bajo el mando de Vicente Rojo, su superior en el Estado Mayor del Ejército.    



La décima bandera de Falange logró incorporarse a primera hora de la tarde; llegaba algo mermada a causa de los duros combates y de las bajas por congelación. José había recogido ya las órdenes del plan de fuga, según el cual tendría que abrirse paso con sus hombres por la famosa Escalinata de los Amantes para salvar el fuerte desnivel existente entre la estación de trenes y el centro de la ciudad. La Escalinata, construida en un preciosista estilo mudéjar a principio de los años veinte, resistía estoica a pesar de los fuertes combates, pero suponía un desfiladero de muerte para quien pretendía rebasarla.
Los republicanos habían colocado francotiradores en los edificios colindantes y en el Paseo del Óvalo, donde estaban enclavados también los reductos nacionales del convento de Santa Clara y el Hospital de la Asunción.
Desde el hospital se dominaba también la Escalinata, ya que ésta desembocaba en el Paseo del Óvalo, prácticamente frente a él, por lo que el fuego enemigo de aquel lado podía ser contrarrestado desde dentro aunque fuera sólo por un tiempo; aquel que era necesario para abrir un corredor por la Escalinata hasta el Hotel Aragón, situado entre los almacenes Asensio y la estación de autobuses, muy cerca de la Plaza del Torico.

La misión de quienes tendrían que evadirse consistía en llegar por sus medios al paseo del Óvalo apoyados por el fuego de cobertura desde dentro del edificio. Una vez allí,  después de que la artillería hubiese neutralizado las piezas antitanque y las ametralladoras republicanas que controlaban el paseo y los hombres de la 62 ocuparan las posiciones de los francotiradores, José garantizaría con los suyos el cruce del paseo del Óvalo hasta la Escalinata y toda ésta, para que los liberados pudiesen llegar hasta sus líneas.




Primero, en medio de la oscuridad de la noche la artillería desata su furia de manera selectiva sobre las posiciones republicanas en el paseo del Ovalo, y desde el Seminario hasta el Gobierno Civil crea una cortina de fuego impenetrable para sus fuerzas. Los republicanos reorientan sus baterías hacia el exterior, desde donde reciben el castigo del enemigo, y dejan aquel sector desprotegido.
Es el momento en el que José y sus regulares entran en acción tratando de recorrer el escaso pero letal espacio que los separa de sus posiciones hasta la Escalinata. A sus flancos, los falangistas de la décima bandera se emplean al máximo para captar la atención de los francotiradores apostados en los edificios colindantes y conseguir apartar su mirada de la Escalinata, por la que ya han empezando a subir los primeros hombres de José, que caen bajo el fuego cruzado de los tiradores cuando intentan superar el descanso del primer nivel.
Una ametralladora cierra el paso a los falangistas del Fortu por el flanco izquierdo. Situada en el hueco de una ventana del edificio colindante, está deteniendo su avance por aquel lado, mientras que por el otro se encuentran ante el disparo selectivo de los francotiradores apostados, a los cuales buscan neutralizar con la ayuda del fuego abierto contra ellos desde el Hospital.
 La artillería nacional bate ahora las alturas de los edificios para hacer callar a la ametralladora y a los francotiradores, y de nuevo los hombres del Fortu y de José se lanzan a por sus objetivos entre la confusión del ataque y una lluvia de balas que les obliga a sortear la muerte y que les provoca serias bajas. Pero aún así los de la décima consiguen hacerse con los puestos de los tiradores republicanos, y reorientan ahora su fuego hacia el Paseo del Óvalo para ayudar a los regulares de José a superar la parte alta de la Escalinata. Conseguido el objetivo, los regulares se despliegan a un lado y al otro, en los portales de los edificios colindantes, completando las posiciones y cubriendo desde allí la desembocadura de la calle del Hotel Aragón con el paseo del Óvalo. Pero entre el tiroteo no se distingue todavía a quienes tienen que fugarse y se establece un tiempo de espera angustioso y mortal, pues los republicanos desde los flancos y el centro de la ciudad intentan recuperar el espacio perdido.






-Allí Sergio, allí están. 

Y con la posición de su mano José le indica la dirección en la que los refugiados del hotel cruzan la calle al otro lado, corriendo agachados, cubriendo sus espaldas sobre el costado del edificio que llega hasta el paseo, mientras desde la puerta del hotel una ametralladora contiene el avance de los republicanos que vienen de la plaza del Torico intentando darles caza. José se da cuenta entonces de que no lo conseguirán solos y le dice a Sergio:


-Desplázate rápidamente con dos pelotones y ayúdales a cubrir su retirada. Coloca una "Revelli" en el otro lado de la calle para que ayude con su barrido a la que tienen situada en la puerta del hotel, y en cuanto el último haya salido, retírate inmediatamente; yo me cuidaré de que podáis cruzar hasta aquí sin complicaciones.


Sergio obedece al instante y cruza con sus hombres el paseo para enlazar con los del hotel al amparo del fuego de cobertura de los suyos, lo que no impide que los tiradores republicanos de los edificios interiores batan a dos de sus hombres en plena carrera. Mira para atrás un momento para ver como uno de ellos es rematado varias veces en el suelo desde el edificio que ahora cubre sus  espaldas y que hace esquina con el paseo y la calle del hotel. Rápidamente transmite a su hombres las instrucciones de José y él se queda organizando el salto de los evadidos a través del paseo para llegar a la Escalinata.
José permanece con los suyos en ella, controlando con su fuego desde allí los edificios de enfrente.





Y uno a uno cruzan corriendo el paseo con la máxima celeridad que les permiten sus piernas, esquivando los tiros que irrumpen a sus pies en el asfalto y que alcanzan a algunos, que a duras penas, ayudados por los hombres de José, logran llegar a la Escalinata. Los disparos provenientes del interior de la calle del hotel suenan más cercanos y Sergio y sus hombres comienzan a cruzar también bajo una lluvia de balas a sus espaldas; otro de sus hombres cae muerto antes de llegar al final de la calle. Aún así, todo está saliendo bien; a pesar de las pérdidas se está consiguiendo el objetivo. Pero deben regresar lo antes posible a sus posiciones, pues la presión de los republicanos por los flancos se hace incontenible y desde el centro están llegando al paseo. José impulsa a Sergio a descender con sus hombres conduciendo a los evadidos al sector de la estación de trenes, mientras él con una sección se quedan arriba para protegerlos y darles tiempo en la retirada. Mas cuando se decide por fin a abandonar la Escalinata, desde el edificio colindante de la derecha comienzan a abrir fuego. A José le alcanza una bala que le roza el cuello quemando la piel, y que atraviesa el pecho a uno de sus "maunin", que cae fulminado al instante. 
Se lanza al suelo y se revuelve disparando contra el edificio, donde por un instante el fuego de los disparos parpadea en la oscuridad de su interior, tras uno de sus ventanales. 



-Esa posición la cubren los de José Luis -. Piensa. 

Pero tiene que revolverse de nuevo disparando hacia la puerta de la Escalinata, por donde empiezan a llegar los republicanos. Intenta levantarse pero resbala y rueda escaleras abajo, entre los silbidos de las balas y sus impactos en los ladrillos. Pierde el arma antes de que su azarosa caída concluya en el primer descansillo contra el cuerpo de uno de los suyos, que muerto retiene entre sus manos una Revelli del 7,5. Está congelado, ha quedado sentado contra la baranda de la Escalinata con la ametralladora sobre sus muslos, y el frío y el rigor de la muerte han convertido en garras pétreas sus manos apretadas contra el arma. José hace un esfuerzo rápido y violento para arrancársela; sentado en el suelo apoya sus pies en el cuerpo del soldado y tira de golpe del arma; los dedos del soldado suenan como si se desgarraran y uno de ellos queda atrapado en el gatillo.




Cubre su espalda con el pilar del descansillo, carga el arma rápidamente, y lanzándose con destreza felina sobre los primeros peldaños comienza a disparar ráfagas mortíferas sobre los milicianos que intentan cazarlo. Detrás de él sus hombres han conseguido recomponerse y ahora están apoyándole desde el lado derecho del descansillo. Los republicanos intentan cubrirse y José aprovecha el momento para incorporarse al grupo sin dejar de disparar, en plena carrera hacía el último nivel de la Escalinata.      

miércoles, 12 de enero de 2011

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )
































La noche más larga, y tal vez la más amarga en su vida, sería aquella. Su corazón, abrumado por un sentimiento de traición,  se resistía con todas las fuerzas a probar el sabor del desengaño. Jamás dudaría de la lealtad de su novia a pesar de la distancia que los separaba, de las escasas noticias que de ella tenía y de la guerra, que convertía en caprichos de la suerte el destino de los hombres. Pero el enemigo había conseguido abrir brecha en su pensamiento para sembrarlo con la semilla de la duda, y aunque era consciente de que ése era el objetivo que aquel pretendía, no podía por menos que revolverse de dolor ante lo que le resultaba una ofensa malévola e imperdonable, que sólo la terrible tempestad de nieve y frío, como en la batalla, estaba deteniendo el tiempo que le llevaría a la venganza.
Su destino, como el de Teruel, giraba en torno a dos batallas concéntricas que infaliblemente se fundirían haciendo posible el desenlace; un final que decidiría rotundamente el devenir de la guerra y la vida de los supervivientes. José estaba a punto de jugar la última baza en aquella partida tan decisiva, y sabía que el destino había puesto todas las fichas sobre el tapete: todo o nada.


 Vicente Rojo pensaba de igual modo cuando con urgencia, alarmado por el giro negativo que los acontecimientos estaba tomado en Teruel, regresaba de Madrid para retomar el control de las operaciones bélicas en el frente.
Había mandado por delante órdenes expeditivas a sus unidades para que recuperaran rápidamente las posiciones abandonadas de la plaza, con la amenaza de llevar ante un tribunal de guerra a quien no cumpliera con sus obligaciones. Y tras unas horas en las que Teruel fue de nadie, las brigadas de la 25 y la 40 divisiones republicanas retomaron el control de los frentes exterior e interior de la ciudad. 


El amanecer del día uno, atrapados sobre un manto de nieve helado, los ejércitos dejaron de combatir a campo abierto, lo que significaba dejar de entregar hombres a morir por nada, pues las adversas y calamitosas condiciones del clima no beneficiaban a ninguno de los adversarios. Sin embargo en el interior de la ciudad y en sus proximidades se reanudaron los combates casa por casa, los piquetes de zapadores retomaron la construcción de minas y los dinamiteros del cuerpo de ingenieros las voladuras de edificios colindantes con los que aún resistían.
La batalla en el interior se recrudeció hasta alcanzar límites sobrehumanos. Unos ponían su aliento en sobrevivir vendiendo cara su impotencia y los otros buscaban imperiosamente una victoria que avalara su causa, su razón de ser. Y la contienda de nuevo mostró su cara más siniestra; como en todas, como en las demás guerras que luego vendrían y en las que la población civil pagaría siempre los platos rotos; momentos en los cuales los asesinatos son anónimos y no se purgan en este mundo sus culpas.
Indalecio Prieto hizo un llamamiento a sus soldados para que respetaran al máximo a la población civil, pero fueron inevitables los muertos a sangre fría y los saqueos de parte de elementos incontrolados. Además hubo momentos en la fase más cruda de la guerra urbana, donde saber quien era realmente el enemigo consistía en jugarse la vida, por lo que se entraba en cada casa llamando con bombas de mano y ráfagas de metralleta.




Una vez que Rojo consiguió reorganizar sus fuerzas, apoyadas esta vez con la llegada del V Cuerpo de Ejército republicano al mando de Modesto, el mejor de sus generales, inició un contraataque para recuperar la Muela, una meseta de terreno baldío desde donde los nacionales dominaban ahora todo Teruel. Durante diez días se combatiría por aquella posición privilegiada hasta el límite de la extenuación, y los hombres llorarían de rabia e impotencia, al tiempo que el durísimo temporal de nieve y hielo terminara con tantos de ellos como las balas enemigas. 


- Señor, un correo del Estado Mayor urgente -. El soldado entregó el sobre a José y éste lo abrió sin demora. Eran órdenes para una reunión inmediata en el puesto de mando del Estado Mayor en Concud, para recibir instrucciones y coordinar la evasión de los combatientes en Teruel.


- Puede retirarse soldado - . Le ordenó José.


- A sus órdenes mi capitán -. Respondió el soldado, que se retiró de inmediato.


- ¿Qué pasa José? ¿Qué cojones quieren ahora? - Le preguntó Sergio.


- Cambio de planes macho - le contestó José -; otra vez con las misiones imposibles. Ahora quieren que ayudemos a salir de Teruel a los que puedan escapar. No sabemos cuanto más durará el temporal que impide las maniobras, ni cuanto más podrán aguantar quienes ahora defienden allí. Creo que intentan dar una salida honrosa a los de dentro.


- ¿Y cómo lo conseguiremos? Ya hemos sido recibidos esta mañana a tiros. ¿Qué coños ha pasado? Teníamos noticias de que los malditos republicanos habían abandonado la ciudad -. Se quejó Sergio.


- No lo se Sergio, pero tranquilízate; cuando vuelva del puesto de mando del Estado Mayor, tu y Vázquez seréis los primeros en saber los detalles de la reunión y se despejaran todas vuestras dudas.


- Gracias señor; espero que regrese con las mejores noticias -. Dijo el teniente Vázquez.  - Aunque me temo que nos sacaran de Guatemala para llevarnos a Guatepeor.


- No te preocupes Vázquez, pase lo que pase, tu no faltarás para quejarte. Por el momento te encargarás con Huertas de la compañía mientras dura mi ausencia. Quiero todo en orden a mi regreso, el personal despierto y las armas engrasadas; no quiero que los hombres mueran porque no corre el cerrojo de su fusil. Nuestro recreo acabará pronto.
¡Ah! Necesito que dos "maunin" me acompañen hasta el puesto de mando del Estado Mayor.







Concud es una pequeña aldea situada a cinco kilómetros de Teruel, que forma parte de un relieve caracterizado por un sistema de cerros, Los Amasetdos, que circundan la ciudad por el norte. Había sido el primer objetivo de Lister, dada la importancia estratégica que suponía para la creación del cerco sobre la capital turolense. Ganada ahora aquella posición por el ejército nacional, éste instala en las ruinas de la iglesia su puesto de mando en la batalla.


José llegó a Concud con dos cabos moros cubriéndole las espaldas, al final de la tarde, cuando ya sus sombras se disolvían en la negra oscuridad de la noche inminente.
En la pequeña plazoleta, a la entrada de la puerta de la iglesia, además de la guardia permanecía en espera un grupo de soldados de distinto rango y unidad. Los hombres de José, después de recibir instrucciones de éste para que por ningún motivo se dejaran llevar por la provocación y no se movieran de allí por ninguna causa hasta que el saliera, se situaron al lado derecho del pórtico de la iglesia para esperarle. 
  José abrió con su mano izquierda la quejumbrosa puerta de madera del pórtico interior de la entrada. Ante sus ojos apareció un edificio en ruinas, con las paredes desnudas y los ventanales rotos, chamuscados por el fuego, que parecían bocas desdentadas por donde saliera el humo que había dejado marcado en ellas el aliento del incendio.
Un amasijo de despachos, de hombres azarosos de un lado para otro recibiendo, transmitiendo, descifrando información; y otros formando corros en mesas llenas de planos y papelotes, formulando cuestiones y tomando decisiones, respuestas, muchas veces órdenes que debían modular, llevar a cabo incluso en contra de sus convicciones; también decisiones personales impuestas por el ritmo de los acontecimientos.
José presentó en el primer despacho el correo con sus órdenes; inmediatamente el soldado que administraba la recepción lo condujo a través del laberinto de dependencias abarrotadas de telegrafistas, operadores de radio y taquígrafos, además de un sin fin de sujetos transitando de un sitio para otro como hormigas tratando de encontrar su camino en medio del caos aparente.






Llegaron hasta la puerta de la sacristía y el soldado se retiró. Entró sin llamar. Se quedó parado, sorprendido un momento, aunque su ojo tapado y la barba crecida escondieran la sorpresa. Pero después de que la puerta se cerrase tras de sí, sus pies se clavaron por un momento en el suelo, indecisos de cual de los dos daría antes el primer paso.
En aquella mesa, donde tantas estrellas sucumbían entre planos y mapas cartográficos de una pequeña y fría capital del bajo Aragón, había un hombre a quien no esperaba ver, a quien minuciosamente planeó matar cuando le viera; y ese hombre estaba allí, delante de sus narices, con tres estrellas como él y el reconocimiento de los mandos.
Reaccionó pronto de todos modos. Con la rapidez que su entereza le permitía se incorporó a la mesa de instrucciones haciendo el saludo oficial y presentándose a su superior más inmediato, su nuevo coronel.
Justo, en frente de él, al otro lado de la mesa se encontraba José Luis el hijo del Herrero, el famoso "Fortu". Aquel traidor y villano rastrero sin entrañas, que desearía ver muerto. Con una sonrisa malévola lo había recibido aquel hijo de Caín cuando se incorporó al grupo, y José, por un momento en el que ninguno de los dos se negó una mirada larga y profunda, le mostró con la suya el fuego que ardía en sus entrañas.


- Señores - habló su coronel, que hizo una pausa hasta que cesaron los murmullos -, tenemos órdenes de coordinar nuestras fuerzas en apoyo a los hombres de Muñoz Grandes en la Muela.  No se puede perder de nuevo esa posición, ya nos ha costado bastante tener que tomarla dos veces. Nuestras compañías se unirán para reforzar a la IV de Navarra, aunque no perderán la ubicación de las divisiones a las que corresponden, reincorporándose a ellas a la primera orden.
Pero hay algo más: han sido elegidos dos de ustedes para una misión de rescate en Teruel. Mi colega e igual, el coronel Salvatierra y yo, hemos decidido que los capitanes José Alonso Hernández, del primer tabor de Regulares de Tetuán y José Luis Cuesta Pascual de la 10 bandera de Falange de Castilla, se encarguen del plan de rescate final de los sitiados si no conseguimos dominar a tiempo la ciudad. Se intentará por todos los medios dar salida a los hombres que puedan escapar. Para ello el capitán de Regulares, con un par de secciones de tiradores, se adentrarán en la ciudad mientras los de la décima bandera cubren sus espaldas con otras dos secciones. Las instrucciones concretas para el plan de fuga se les entregará en su momento, y en ellas se recogerá la ruta a seguir y el enlace. Los restos de las compañías continuarán engrosando las filas de la IV de Navarra hasta nueva orden.
Quiero recordarles señores, y en especial a los capitanes que he mencionado, que han sido elegidos por sus cualidades para la consecución de esta misión; deben emplearlas para complementarse y conseguir el éxito, no perdonaré que las discrepancias ni las desavenencias personales la malogren.
Está todo dicho señores. Regresen ahora a sus unidades, nos esperan días de duros combates y sus hombres los necesitan.


Después de despedirse con los saludos de rigor, los hombres fueron retirándose buscando la puerta. El Fortu salió delante de José y lo esperó fuera haciendo un  pequeño corro con sus cuatro acompañantes, hombres altos, fornidos, de aspecto altanero y fanfarrón, uniformados de azul y negro. Estaban al lado de otro grupo de requetés que destacaban con sus  boinas rojas y sus largos capotes pardos de lana con cuellos de pieles. Desde la distancia que los separaba, animados por los falangistas parecían mofarse de los hombres de José, que permanecían sin moverse esperando a su jefe envueltos hasta los ojos en sus harapientos ropajes y en sendas mantas de 
campaña.
Cuando salió José todos callaron. Sin dirigir la mirada a su oponente se encamino hacia sus hombres, pero el Fortu le voceó por detrás:


- Aunque te niegues a ello José, el destino quiere que estés en mis manos, no se puede remediar-. José se revolvió de dolor con violencia, y dando media vuelta miró fijamente a los ojos al Fortu y le dijo:


- El destino no podrá evitar lo inevitable, ten presente que él te ha traído hasta aquí y que ahora estás en mi terreno. Saldremos de esta juntos pero no te librarás de mí, porque a partir de ahora seré yo tu sombra; y juro que no te permitiré un desliz.
¡Ah, se me olvidaba ! - Y sacando de un bolso de su guerrera la carta que el Fortu le mandara, se la tiró a los pies diciéndole:
- No corre por nuestras venas ni parecida sangre como para que me mandes felicitaciones por navidad, y aunque en algo creas que compartimos gustos, ni se te ocurra insinuarlo de nuevo.








José junto a sus hombres, que fielmente protegían su espalda, se dieron la vuelta y emprendieron el retorno hacia sus posiciones en la batalla.