El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 16 de noviembre de 2010

Un hombre que amaba los animales. Cap. 27





















Alfredo había desaparecido sin que nadie supiera de él. Se había esfumado como el humo por una ventana abierta a la noche, tras mezclarse en la atmósfera cargada con demasiados malos humos que congestionaban el solar patrio, convertido ahora en un lugar donde muchos no podían respirar.


Ni la familia, que fue la primera en reclamar su desaparición, sabía nada. Vivían con la esperanza de que las certezas de sus pensamientos no se cumplieran y que los presagios fueran falsos, mas se mantenían en una tensión constante y en el temor de que sus deseos les traicionaran como hacían siempre. La primera semana, tras la desaparición de Alfredo, fue muy cruel para Micaela, que como el resto de la familia tuvo que soportar un infierno de miradas acusadoras, de murmuraciones y chismorreos a sus espaldas cada vez que salieron de casa por alguna cosa. La vecindad había experimentado un cambio notable desde que empezara la guerra. La represión en la retaguardia nacionalista provocó que todos se miraran con desconfianza, en un clima donde la delación y la traición eran sinónimos de patriotismo. Había muchos desaparecidos, que suponían lo mejor para las familias de los perseguidos, pues los muertos aparecían pronto en cualquier lugar. En la misma puerta del cementerio, en las viñas de los alrededores del pueblo o junto a la tapia de algún palomar, nunca demasiado lejos como para no ser encontrados.






Una tarde, antes de que oscureciera, el párroco del pueblo llamó a la puerta de la casa de los padres de Micaela. Ella misma le abrió. No confiaba en absoluto en el clérigo, a quien no admiraba demasiado por la complicidad que había mostrado con los sublevados desde el principio de la guerra.


La Iglesia Católica era realmente el más leal y fuerte aliado de Franco. Suponía primero un catalizador magnífico de todas las tendencias dentro del Alzamiento Militar, aportándole un carácter más homogéneo bajo el estandarte de una nueva cruzada que devolvería a España su tradición y su moral cristianas. La Iglesia trataba de resarcirse de las quemas de iglesias y conventos, de la pérdida de la supremacía en la enseñanza y de su desamortización.


Por otra parte para Franco suponía una fuente inagotable de información y de propaganda, lo cuál lo hacía más poderoso, con mayor autoridad para imponer sus criterios personales de modo que el tiempo esculpiera en él al mayor estadista, al "gran dictador del sigloXX".






De todos modos, a Micaela, la visita del cura no la impresionó en absoluto, aunque no la esperaba. Su madre había hablado con él el día siguiente de la desaparición de Alfredo y regresó entristecida porque no sabía nada, lo que para ella era señal de algo poco bueno. Por eso, la visita del párroco aquella tarde le causó a Micaela una especie de satisfacción que aún no tenía claro a que se debía, tal vez a la esperanza de que Alfredo estuviese vivo.






-Hola Micaela - le dijo el cura -, quería hablar contigo un momento, sólo unos minutos; no quiero entretenerte si estás haciendo algo.




-No se preocupe Don Saturnino - respondió ella -, ya he terminado las "jeras" ( localismo que significa hacer las tareas caseras ). No hay prisas. ¿Qué se le ofrece hoy por aquí?





-Verás - le dijo Don Saturnino -: el caso es que la Guardia Civil me ha estado preguntando por tu primo Alfredo; no se creen que haya pasado a la otra zona, aunque no tienen ninguna noticia de él. Sospechan que alguno de vosotros le protege, y eso es lo peor que podéis hacer por él y por vosotros.

Micaela captó en el acto la indirecta y respondió:





-Ya sabe que nada más enterarnos de su desaparición lo denunciamos a las autoridades y que todavía andamos buscándolo. Nadie en nuestra familia sabe donde se encuentra. A unos primos del pueblo de mi madre les han registrado la casa también. Aquí estuvieron esta mañana otra vez con otro aviso. ¡Ojalá supiéramos de él; vivimos en permanente angustia!





-Bueno hija, yo sólo he venido a avisaros. Es mejor que lo entreguéis si sabéis de él, pues más tarde o más temprano darán con su refugio y ya no habrá remedio.





-¿Pero que ha hecho, Don Saturnino, por qué le buscan? - preguntó ella -. Nunca se metió en nada y está enfermo; ni el ejército lo ha reclamado para alistarse. ¿Por qué ahora esa citación?¿Es que está tan mal el frente como para que tengan que pegar tiros hasta los inválidos?





-Alfredo no está inválido y tú lo sabes - replicó el cura con palabras recubiertas de falsa comprensión y complicidad, con las que trataba de sonsacar a la muchacha -. Puede servir a la patria de otros muchos modos, no tiene por que ser disparando. Mira, se necesitan personas en todos los sitios, y tal vez lo que pretendan sea colocarlo en algo en lo que esté empleado y sea útil a nuestros soldados. Todos debemos ayudar de alguna forma en el sostenimiento de esta santa cruzada, es nuestra obligación ineludible.





-Lo siento Don Saturnino, pero no puedo ayudarle - le dijo Micaela, que se alegraba de las noticias y advertencias que el cura le hiciera, pues aquello suponía que ellos tampoco sabían nada de Alfredo, que aún no había caído en sus manos -. Si pudiera le ayudaría, pero no he vuelto a saber nada de mi primo. Aunque puedo ofrecerle un poco de chocolate que acabo de preparar, con unos churritos -. Micaela se lo ofreció de corazón, aunque esperaba que el párroco lo rechazase y se fuera pronto con la escusa de no estorbar la merienda. Pero a Don Saturnino, como a la mayoría de los mortales - y más los párrocos de aldea, acostumbrados a frecuentar faldillas y braseros de otras moradas -, no le amargaba un dulce. Ya había detectado el fuerte olor dulzón al entrar en la casa, pero la discreción y el momento delicado que su visita había provocado, evitó que de su boca saliera comentario alguno sobre la sabrosa cocción que desde la cocina impregnaba con su aroma toda la estancia.
-Bueno, admito que hay tentaciones a las que los hombres nos cuesta sustraernos, y siento tener que decir que el dulce es mi debilidad. ¡Que Dios me perdone por ello! Pero sí, te aceptaré una taza, aunque no puedo entretenerme mucho si no quiero llegar tarde al rosario.

-Sólo es un momento - le dijo Micaela - siéntese; ahora mismo le sirvo su chocolate.


Micaela marchó a la cocina en busca del prometido refrigerio del señor párroco. Su madre se encontraba allí, había permanecido todo aquel tiempo en silencio, procurando que el párroco no supiera de su presencia, pues no quería ver al cura, a quien detestaba por andar siempre metido en traiciones y ser espía de las autoridades.









Don Saturnino miraba alrededor del amplio cuerpo de casa que hacía de recibidor, con los suelos de pulcra tierra batida y las paredes encaladas, prácticamente desnudas de decoración, salvo por un calendario con una imagen de la Virgen del Carmen y una pequeña poyata con otra figura en escayola de San Antonio. Una mesa camilla con faldillas oscuras de grueso paño remendado, bajo las cuales se apagaba lentamente un brasero de cisco, y cuatro sillas de madera con asiento de esparto sobre las paredes desnudas, componían el escaso mobiliario. El candil de aceite colgado en una esquina y un candelabro con otra vela sobre la mesa, iluminaban míseramente la estancia ensombrecida por la oscuridad de la tarde mortecina.

Micaela volvió con una bandejita cargada con una taza de chocolate y cuatro churros, una cucharilla y una pequeña servilleta de fino tejido de hilo blanquísimo con bordados.




-Espero que le guste el chocolate, Don Saturnino - le dijo ella en tono complaciente -. Un primo mío de Pozoantiguo vino a vernos este verano y nos trajo una libra; allí lo hacen muy bueno.




-¡Oh sí, tiene fama! - respondió el cura con una sonrisa complaciente -. Vezdemarban, Toro; saben prepararlo magistralmente. Me atrevería a decir que tan bien o mejor que su exquisito queso de oveja, o el muy nombrado vino tinto, que tanto se deja querer y que oscurece la copa pero enciende el alma, y del cuál Baco hubiera hecho su principal.


Se interrumpió un momento mientras introducía la cucharilla en la taza y degustaba el cremoso y espeso chocolate marrón, intensamente oscuro.




-¡Hum... Esta buenísimo! - Y continuó.

-En estos tiempos que corren con la guerra, algunos placeres como éste no se deben desaprovechar. No es cuestión de gula, más bien, diría yo, de sentido común. Ahora no cabe eso de: "Una vez al año no hace daño". No, que va, es más prudente decir: "Una vez al año mejor que ninguna".




-Sí, había reservado unas tabletas para un día de invierno frío como hoy - le explicó la muchacha -. El panadero me dio un poco de bicarbonato y una taza de harina para hacer los churros. Siempre se ha llevado bien con nosotros.




-¡Pues están fabulosos, riquísimos! Pero, ¿tú no los pruebas?




-Estoy esperando a mi madre, que está en casa de los padres de José, mi novio -. Le espetó Micaela.







¿Y qué tal José?¿Has vuelto a tener noticias suyas? Creo que lo habían ascendido a capitán. Es un buen muchacho, seguro que llegará muy alto -. Dijo el cura.







-Está bien, dentro de lo que se puede estar en el frente, claro. Hace tiempo que no me escribe, pero se que está bien -. Le contestó ella.




-Me alegro hija - siguió Don Saturnino con ironía -, y espero que la guerra termine y que regrese pronto para que yo pueda ser el anfitrión de vuestra boda.




Don Saturnino era un viejo menudo y medio encorvado. Lucía una boina negra que intentaba ocultar sus pelos canosos, siempre alborotados. Las cejas abundantemente pobladas y dos pequeños ojos oscuros desafiaban a su rostro, afilado por una prominente nariz que descansaba en un estrecho bigote, y que junto a una perilla rala, escasa, casi insuficiente, escondían unos labios finos y pequeños, con un tic nervioso agregado en su lado izquierdo. Su hábito bien remendado y pulcro, de un negro impoluto que resaltaba el alzacuellos blanco, denotaba cuidados y buena vida. Igual que los zapatos negros con medias suelas, siempre relucientes; y sus manos pulcras, escrupulosamente aseadas, que raras veces se estaban quietas del todo, esbozando el carácter inquieto e intrigante del clérigo.




-No es indiscreción hija - cambió de tema el párroco -, pero tengo entendido que tu novio a denunciado a José Luis, el hijo de "Paco el herrero". Temo que sea verdad, cosa mala entre vecinos. No se lo que tendrá contra él, pero José Luis, amén de que siempre ha sido un joven impulsivo y venturero, procede de una buena familia, comprometida siempre con los valores de nuestra sagrada tradición cristiana; y son gente influyente.




-Quizás aquí no le conozcamos demasiado, Don Saturnino- replicó Micaela -. Aquí vienen unos y matan. Otros van y matan allí. El resultado es el mismo, y ellos son también los mismos, aquí y allí.




-Hija, esa es una acusación muy seria. José Luis no es de esos - insistió el cura -. Ha estado luchando en el frente contra los rojos, que quieren arrebatarnos con sus revoluciones nuestros valores, nuestra forma de vida tradicional, pacífica y sumisa, con la pretendida ilusión de hacer depositario al pueblo de un poder que no les fue conferido y que quieren usurpar. José Luis es un muchacho que ha peleado con bravura por su patria y que está ayudando como ninguno para que no le roben su riqueza. Por cierto, se que te tiene en buen aprecio y que sigue la desaparición de tu primo con mucha preocupación. El otro día le vi, y me dijo que estaban haciendo todo lo posible para encontrarlo.




- ¿Se ha terminado el chocolate Don Saturnino?¿Quiere un poco más? - le preguntó Micaela disgustada por el rumbo que la conversación estaba tomando y decidida a que ésta terminase lo antes posible -. Creo que mi madre no tardará en volver y tengo un cesto de ropa tendida en la cocina, que he de recoger.




-¡Oh no, gracias! Ha estado buenísimo pero no, no quiero pecar de glotón y no puedo entretenerte más. Me debo a mis obligaciones y a mis parroquianas, que no les gusta esperar; son sumamente puntuales.




-Gracias a usted por la visita, Don Saturnino. Ya sabe donde nos deja, para lo que necesite de nosotros. Les diré a mi madre que se ha pasado por aquí, se alegrará.




Adiós hija, que Dios te bendiga. Si se algo de Alfredo te lo comunicaré sin demora. Haz tu lo mismo hija, entre los dos intentaremos que nada malo le ocurra.




-De acuerdo Don Saturnino, lo haré según me dice, descuide -. Le despidió Micaela mientras cerraba la puerta a su salida.

Nunca vio con agrado al viejo y pícaro cura, siempre arrimado a las familias pudientes del pueblo y cómplice en cada una de las ocasiones que estas resolvían sus litigios con los obreros. Le parecía ahora más ruin y despreciable en su papel de colaborador con los represores, que igual que ellos mostraba sin escrúpulos sus pretensiones haciendo del terror su principal aliado.

Se había mordido la lengua con lo de José Luis para ocultar al párroco sus sentimientos, por no darle motivo de que hablara más de él y que pudiera utilizarlos en algún sentido que no acertaba a concretar. Después de los angustiosos días pasados la certidumbre de que Alfredo no había sido apresado sosegaba su alma acongojada, y aquello era suficiente para contener una ira capaz de hacerla perder los estribos. Había conseguido evitar que la visita de Don Saturnino se saldara con un tanto a su favor.









Mientras tanto José seguía esperando una nueva orden, inconsciente de los avatares que Micaela y su familia estaban pasando en la retaguardia. Mantenía un pulso emocional donde la ausencia de noticias suponía para él la mejor de las probabilidades posibles, y prefería creer que nada excepcional estaba sucediendo a los suyos, por aquello de que las malas noticias llegan antes que las buenas. Así trataba de mantener el mayor tiempo posible aquel impás de espera.




-¿Cómo lo ves José?¿Crees que pasaremos aquí el invierno? - Le preguntó Sergio mientras tomaban un café caliente en el parapeto principal de la linea sur de trincheras, matando el frío de la helada mañana al lado de un cubo de hojalata lleno de mortecinas ascuas de la noche anterior.

José dejó caer sobre su pecho el catalejo con el que trataba de ver más allá de la bruma que se disipaba perezosamente sin hacer caso al débil sol de diciembre, impidiendo que la claridad penetrase de forma absoluta.




-Nos están sujetando aquí, pero no será por mucho tiempo. Me temo que nuestro próximo destino va a ser una batalla larga y cruel donde perderemos muchos hombres, si es que llegamos a sobrevivir. Será algo gordo, quizás mucho más que lo de Brunete y Belchite. Lo que no tengo, es idea de cómo ni cuando, pero en este frente es donde sucederá y nosotros estamos destinados para ello.




-Sí, yo también lo creo así; nada bueno nos espera - dijo Sergio -. ¿Cómo ves el tiempo?¿Crees que sera un invierno frío?




-Frío hace mucho ya - le contestó José -. No conozco este clima, pero por lo que llevamos de año barrunto que será húmedo y muy frío. Si el jaleo empieza pronto lo vamos a pasar mal, estamos escasos de uniformes y me temo que las mantas no van a sobrar. Los republicanos tienen todas las fábricas. A nosotros nos visten los alemanes y los italianos con hierro y fuego, pero tendremos que arrastrar nuestros harapos toda la guerra.




-Hay muchos rumores sobre que Franco quiere acabar pronto la guerra, que iremos contra Madrid de nuevo.




-No, no lo creo. Madrid es un emblema y Franco sabe lo que se juega si fracasa de nuevo. Entonces la guerra sería aún más larga, más difícil de ganar. No, Franco quiere asegurarse el triunfo definitivo y llevará al ejército republicano a su terreno, donde lo pueda aniquilar. No pretende desplegar más sus tropas; el reagrupamiento de fuerzas tras la caída del frente del norte tiene un sentido y precisamente no es Madrid, sino la misma Valencia.

Barcelona y Valencia son ahora el cuerpo y el alma de la República, Madrid sólo representa un sentimiento de resistencia. Tras perderse las provincias del norte ya no sirve de puente y guía, y es una ciudad acosada donde se necesita más de lo que se puede producir.




-Pues eres el único que piensa así - le dijo Sergio mientras le ofrecía un trago de brandy de su petaca.








-Sí, supongo que así es - contestó José -, pero a mi me parece lo más lógico. Además no tendría sentido el espionaje si sucediera siempre lo que se pronostica. Piénsalo por un momento. Franco ha concentrado en el frente de Aragón el grueso de las divisiones que han luchado en el norte y no ha movido tan siquiera una sola de las que se movilizaron desde Brunete en apoyo a Zaragoza; la presión la está ejerciendo contra Cataluña y el corredor al Mediterráneo. Rojo es un militar inteligente y no se dejará engañar, sabe que cualquier maniobra que merme sus fuerzas aquí supondrá una brecha que Franco no dudará en ensanchar. Lo más prudente para Rojo será precisamente una decisión condicionada, deberá para ello abandonar por el momento otros planes y mover ficha. Si Madrid fuera atacada, el recién creado Ejército de Levante republicano quedaría en inferioridad de condiciones respecto a nuestras tropas, por lo que a Rojo no le queda otra que atacar. Franco lo sabe y estamos por ello aquí, esperando a que el adversario nos mande sus muchachos.




-¡Joder José, macho, tú sí que tenías que estar en el Estado Mayor! A mi no se me había pasado nada de eso por la cabeza y puede que tengas razón.




-Yo sólo digo lo que pienso y a ti, en quien confío; sin la responsabilidad de quien tiene que decidir - afirmó José -. Desde mi punto de vista lo entiendo así, pero seguramente no sería igual de conciso si fuese yo quien tuviera que adoptar tales decisiones. Pronosticar no es ciencia exacta.



-Y de lo de tu paisano, ¿cómo van las cosas? - Le preguntó Sergio, mostrando su interés por las preocupaciones íntimas de su amigo.




-Nos veremos cuando termine la guerra ante un tribunal militar, de todas todas; salvo que yo evite ese trance matándolo antes -. Replicó José.        
   

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