El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

lunes, 5 de noviembre de 2018

DESAPRENDER.










Se preguntó si habría llegado el tiempo, necesario también, para desaprender lo vivido, pues con cada descubrimiento de su observación ahondaba más en el abismo de la ignorancia. La comprensión se había alejado de su cavilar espeso, abochornado por el hastío del destino, cubierto de nubarrones cargados de emociones contenidas que presagiaban una nueva tempestad de su carácter.
Decir que cada vez entendía menos lo que ocurría a su alrededor era intentar engañar a su instinto, siempre alerta a la razón de las cosas en cada detalle. Pero quizás había llegado el momento de volver sobre los pasos andados y de reconocer que, cualquier otro camino hubiera sido igual de efectivo para sufrir el desengaño de la realidad tras el espejismo de las emociones. Que sólo estaba seguro de la verdad cuando reconocía haberse equivocado.
No importaba haber llegado hasta allí para volver con las manos vacías, pues con nada partió, sólo con la ilusión ciega y tenaz que le había conducido a buscar por el mundo la verdad que no era capaz de reconocer en sí mismo. La misma y única verdad universal que rige a todos los seres por igual a pesar de la infinitud de circunstancias: el deseo de vivir.
No habría sido más difícil descubrir la verdad en sí mismo que en el resto de las cosas de haber confiado primero en los motivos de su corazón, antes de atender otras razones.
Sí, era tiempo de desaprender, de desligarse de las ataduras del convencionalismo del conocimiento interesado, aquel que sólo pretende notoriedad y reconocimiento y que busca imponer su criterio siempre, incluso en lo que desconoce, único modo en que encuentra estabilidad y seguridad de permanencia.
Vivir por vivir sería el nuevo objetivo, sin más pretensiones. Tomando las cosas tal cómo vienen y dando a cada momento la misma importancia, como si fuera el primero en la consciencia, con idéntica ilusión. Para recuperar al niño feliz que se resistía a poner fin a su juego a pesar del sueño, al cual se rendía cada noche esperando despertar pronto para jugar de nuevo.



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