El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

domingo, 2 de octubre de 2011

Un hombre que amaba los animales. Cap. 47








Los combates que se desarrollarían los días siguientes por Valencia serían durísimos. José intuía que no habían quedado parados en Castellón después de su toma para el control de la plaza. Presentía que la guerra estaba llegando a su punto decisivo y que las batallas no darían tregua hasta darla por terminada. Por eso, cuando su compañía fue llamada para incorporarse al nuevo frente abierto en el Ebro,  descubrió el motivo de su suspicacia. 

Hasta entonces no se había parado a pensar en aquel olfato especial que tenía para predecir los cambios, y que lo hacían destacar entre los demás hombres. Era una intuición muy personal, como aquella que mostraba cuando interpretaba el clima y el comportamiento de los animales. Por un momento se sintió plenamente satisfecho de su persona, entendió que aquellos valores que poseía le habían llevado hasta allí lo mismo que su arrojo y abnegación.

Se inclinó desde la silla para acariciar a Berta, que dormía a sus pies. Le acarició la cabeza, después rascó bajo su oreja y luego deslizó la mano varias veces desde el cuello por su lomo enroscado. Berta se estiró, y poniéndose boca arriba reclamó más caricias de él. José palpó su vientre y sus mamas y de nuevo hundió la mano en la melena de su pecho, dándole un pequeño tirón cariñoso. Después se incorporó y firmó la última carta que escribiera para Micaela; en ella le explicaba a grandes rasgos cuál era su estado y su destino actual, y el porqué de no haberle escrito antes. Le pedía también que lo perdonara y que tuviera confianza en él, pues tenía la seguridad de que todo terminaría pronto y regresaría a casa igual que antes había partido para luchar.
Y ese "igual", esa forma de hablar tan propia y peculiar de su lenguaje, le transportó al principio de la guerra, de su partida al frente; cuando lo que hacía era huir abandonándolo todo sin más que lo puesto y al cubierto de la noche, como un furtivo que no sabe si sobrevivirá a la mañana siguiente.

Una especie de niebla espesa en su pensamiento le impedía apreciar con nitidez la silueta de un futuro cercano, de una vuelta inevitable. Recopilaba los hechos, las experiencias vividas, los primeros amigos y camaradas; su primer contacto con la muerte en las sierras de Segovia, los momentos más heroicos en La Granja y en Brunete, que lo catapultaron como Capitán. Del mismo modo intentaba ordenar los momentos  más duros, como el fusilamiento de Algairén, la evasión fallida de Belchite y el punte de ferrocarril en La Puebla de Albortón; o la primera entrada en combate de su compañía en el frente de Teruel. Otros acontecimientos estaban tan clavados en su memoria que tenía que hacer un esfuerzo para apartarlos, pues todo lo emborronaban. 

Aquellos últimos momentos antes de embarcar para Gandesa recogía el equipo mecánicamente, casi de forma inconsciente, ya que su mente revivía uno tras otro cada instante vivido, cada experiencia aprendida, cada derrota aceptada, y no podía pensar mirando hacia adelante porque la niebla de sus pensamientos se lo impedía; lo único claro eran sus recuerdos, de los cuales muchos morirían con él sin ser revelados.

Embarcó a sus hombres en camiones y se puso al frente del convoy en uno de ellos. Se habían incorporado al Cuerpo de Ejército del Maestrazgo a cargo de García Valiño, que acudía en apoyo de Yagüe para ayudarle a contener la presión de los ejércitos republicanos que habían consumado el cruce del Ebro.

Todo lo desaconsejaba. Como cualquier río caudaloso, el Ebro significaba una barrera natural casi infranqueable en una batalla, mas la necesidad imperiosa de la República de una victoria que le diera aire en su lucha, que moría asfixiada en un contexto europeo donde las pretensiones expansionistas de Hitler nublaban cualquier otra preocupación, empujaba a un golpe audaz y peligroso, aunque necesario.



Alemania se había anexionado Austria y amenazaba con invadir Checoslovaquia por el conflicto de Los Sudetes, un territorio de población mayoritariamente alemana que traía en la cuerda floja a los gobiernos de Francia e Inglaterra en sus relaciones con Hitler. El resultado de la guerra en España no preocupaba a las dos potencias aliadas, que estaban seguras de que Franco no movería baza en el territorio europeo en caso de resultar vencedor, ya que sus pretensiones terminaban en los Pirineos, y siempre se mantendría neutral en cualquier conflicto en el continente. Sabían que el verdadero peligro para Europa era el nacional-socialismo alemán, y trataban de contener su incipiente voracidad mirando para otro lado, a pesar de los esfuerzos de la diplomacia española y de la intervención de Negrín - entonces Ministro de la Guerra - en el consejo de la Unión de Naciones. 

La República había perdido toda su fuerza y credibilidad en Teruel y no representaba ninguna garantía. Por mucho que pretendiera apoyos no los conseguiría, su experiencia se había quedado en ensayo  y no serviría ni para encender la guerra en Europa, última oportunidad de sobrevivir que pretendían sus desesperados  dirigentes.
La apertura temporal de la frontera francesa había permitido el rearme de las maltrechas fuerzas republicanas replegadas en Cataluña con material procedente de Checoslovaquia y de Rusia, surgiendo de ese modo la Agrupación Autónoma del Ebro, que después se proclamaría Ejército del Ebro, y con el que Modesto cruzaría este río en la madrugada del 25 de Julio tratando de aliviar al Ejército de Levante en la defensa de Valencia.


- ¿Qué sabes de la batalla José? - le pregunto Sergio, que iba a su lado en el camión.

- No mucho - dijo José -, pues apenas ha comenzado. Lo cierto es que han pasado dos cuerpos de ejército al otro lado del Ebro en menos de un día, abriendo un frente de más de sesenta kilómetros desde Mequinenza hasta Amposta. En el norte y centro el avance está siendo muy rápido y Gandesa parece ser su objetivo principal. Creo que Yagüe dio gracias a Dios cuando le comunicaron la noticia de que los republicanos habían cruzado el Ebro, pero ahora reclama refuerzos urgentes, el empuje de aquellos es feroz y él sólo no puede contenerlos.

- Yagüe es un tío peleón - dijo Sergio.

- Sí, pero no puede contener con las suyas una fuerzas tan grandes en un territorio tan extenso. La suerte la está teniendo con el apoyo aéreo; los alemanes hacen un buen trabajo aprovechando que la fuerza aérea republicana no a hecho aún acto de presencia, puede que esté envuelta en los combates por Valencia, no lo se.

- Es igual - insistió Sergio -, los detendrá de todos modos. Yagüe es un tipo duro.



 Juan Yagüe Blanco, a quien Franco había reincorporado recientemente al mando del Ejército Marroquí, demostraba ser el militar más capaz de la guerra, todas sus misiones las había efectuado con éxito y nunca había dejado cabos sueltos. Pero precisamente aquello marcaría para siempre su leyenda negra, cuando a su paso por Badajoz, durante la campaña relámpago de Extremadura, dejó en manos de los paramilitares falangistas a los republicanos hechos prisioneros en la batalla de Badajoz, la mayoría de los cuales serían ejecutados en la plaza de toros con fuego de ametralladoras. Además del elevado número de muertos, que podría superar el millar, la gravedad del hecho fue mayor porque se convirtió en un acto público escandaloso, que hasta contaría con la presencia de periodistas extranjeros. Los republicanos lo apodaron con el sobrenombre de "el carnicero de Badajoz".
Pero por encima de Todo, Juan Yagüe era un militar de carrera. Sus tácticas de guerra eran las más agresivas e innovadoras, y la rapidez conque efectuaba sus maniobras, vertiginosa. Fue el precursor de la guerra relámpago, y sus fuerzas moras y legionarias, tropas altamente cualificadas, eran temidas en combate.
Tomó estudios militares en la Academia de Infantería de Toledo, en la misma promoción que Franco, con quien trabaría amistad y al que siempre sería fiel a partir de entonces; y completaría su formación militar en el protectorado español en Marruecos al mando de tropas regulares y legionarias.
Amigo personal de José Antonio Primo de Ribera, mantenía su filiación falangista, lo que no dejó de traerle problemas serios. Fue reacio en un principio al Decreto de Unificación, pero se impondría al final su fidelidad a Franco, aunque saldría al paso en defensa de Manuel Hedilla cuando aquel lo condenó a muerte acusándolo de conspiración. Sería crítico con Franco en alguna de sus decisiones y por ello apartado del mando como había sido el caso.


- Franco le ha puesto donde más le gusta estar - dijo José -, en primera linea y en la situación más complicada, en medio del "fregao"; pero Yagüe sabe que no le dejará sólo porque lo ha colocado allí para eso, para no perder un palmo necesario de tierra mientras reorganiza y maniobra su ejército. Pero las cosas están "jodidas", los republicanos se están tomando en serio el ataque y las bajas son muy elevadas; hemos conseguido detener su avance en el sector de Gandesa, aunque los combates son intensos y la presión sigue aumentando.

- Bueno, no podíamos perdernos la fiesta - dijo con sorna Sergio -, ¿qué sería la guerra sin nosotros?

- Joder Sergio, eres un pez cojonudo - le dijo José -; lo tuyo es la guerra, estás como en tu casa.

- Es mi modo de vida, no te olvides de eso; pero es más curioso tu caso, que parece como si hubieras nacido para esto.

- Vamos, vamos Sergio, lo dices para halagarme; sabes que no es verdad, que odio esta mierda.




- Ya, pero no lo digo por eso; lo digo porque cada vez que la cosa se pone fea te transformas, te olvidas del resto y actúas como si hubiera sido así toda tu vida y te lo supieras de memoria.

- Se me daba mejor el "ganao" - continuó José mientras se sonreía -. Son más sencillos los animales y se consigue antes lo que se quiere de ellos que de los hombres.

- Llevo toda mi vida en esto y he dudado muchas veces, pero nunca he visto una indecisión en ti; eso es lo que más me fascina. Por eso digo que yo llevo toda una vida, ¿pero tú?.

- Todos valemos para todo Sergio. Yo esto me lo tomo como un trabajo: hay que centrarse en lo que hacemos poniendo el máximo esfuerzo de nuestra parte para sacarlo adelante. Eso nos garantiza seguir haciéndolo al día siguiente; quien no rinde en un trabajo termina siendo despedido. Pero no, no es un trabajo donde cualquiera pueda sentirse bien con lo que hace. Sabes que he tenido grandes indecisiones y que he estado a punto de hacer alguna locura...

- No me refería a eso, se que las motivaciones que nos han traído aquí son distintas, pero tu forma de luchar es muy profesional, te mueves como pez en el agua, sabes aprovechar cualquier corriente favorable y nunca te inquietas por duro que sea el fuego, como si lo de los proyectiles y las bombas no fuera contigo.

- No te olvides - le dijo José sonriendo mientras apuntaba con el dedo indice su ojo tuerto -. Y ésta - retiró el cuello de su camisa para dejar ver la cicatriz - me dejó un sabor a plomo en la boca que aún recuerdo.

- Ahí anduvimos listos - recordó Sergio -; la operación era de verdad complicada, y menudos socios... ¿crees que otros lo hubieran logrado?

- Sí - dijo José convencido -: "Donde yeguas hay potros nacen". Nos tocó a nosotros, nada más.

- ¿Tu sentías el frío? Yo no.

- Yo ahora tampoco, pero no dejo de recordar que fue nuestro peor enemigo. Tuve que partir los dedos helados de aquel soldado muerto para poder arrancarle el arma; fueron escasos los segundos, pero mi boca se llenó de pronto de ese sabor metálico que todavía reconozco; entonces sentí de verdad el frío de la muerte.

- Pero te revolviste como un gato para escapar de ella.

- ¿Y quien no? Apenas se podía respirar entre el frío y las balas que llovían por todos los lados. De todos modos habría resultado inútil si no hubiese tenido vuestro fuego de cobertura a mis espaldas.

- ¡Faltaría más macho, no ibas a ganar tu sólo la guerra!

- No he querido decir tal cosa - dijo José a modo de disculpa.

- No, si ya lo se, lo que me asombra es que estás todo el tiempo quitándote importancia y en un momento tu sólo te pones los galones.

- Hemos pasado grandes momentos juntos Sergio, momentos vitales; yo nunca lo olvidaré, como no olvidaré el pánico en tu cara el día que disparé sobre aquel moro a quien se le cayó a tus pies la maldita cabeza azulada que guardaba en la morrala. Creo que fue tu rostro, el pavor que mostraba, lo que me impelió a disparar sobre aquel desdentado. Te habías quedado rígido, como petrificado, inmóvil; y aquel moro miraba tus ojos cristalizados por el terror.

- Joder, no me lo esperaba; era lo que me quedaba por ver. Fue una escena brutal, sorprendente, y todo sucedió tan rápido...Por eso me asombra tu determinación en algunos casos. Actúas como si supieses que es lo que debes hacer, y no te equivocas.

- ¿Tú crees que no? Yo me lo pregunto muchas veces. Cuando me ascendieron a alférez  le encontré un sentido, en La Granja había demostrado valor en la lucha y capacidad de mando - matando claro, que para eso estamos aquí -; pero fue distinto cuando me hicieron capitán. Fue una reacción mimética lo que produjo que disparara sobre aquel legionario, no pude evitarlo; y sin embargo pienso que muchos otros no lo habrían hecho.

- No tratabas de ganar nada, hiciste lo que debías y el resultado fue que te hicieron capitán.

-Sí, siempre he estado jugando en la cuerda floja, pero al final me ha acompañado la suerte; bueno, me falló en el puente, cuando lo de Belchite, y en Teruel en aquella cafetería con mi paisano. Aún me arrepiento de haberlo pensado tanto, tal vez de haberle disparado de inmediato hubiera evitado tantas muertes inútiles. Por eso sí, dudo de lo apropiado de mis decisiones y no vislumbro que me depararán al final. La mayoría de las veces entre más se piensa una cosa peor sale, por eso me he dado cuenta que lo mejor es  actuar, no quedarse parado, sea lo que sea sucederá. Pero mucho me temo que un hombre sin ambiciones como yo, no llegará muy lejos.

- ¿Por qué, tienes una brillante carrera por delante si tu quieres?

- ¿Brillante?¿Una carrera brillante? Aún no se cómo he llegado hasta aquí, ni que me deparará. Ha sido una coincidencia, hacía falta gente decidida y la necesidad de mandos propicio mi ascenso, nada más. Ni siquiera fui del todo consciente hasta llegar a Teruel; allí vi lo que realmente somos: carnaza en la boca de la guerra, simple comida con la que alimentar su voracidad.
No, no es lo mío; quizás mi miedo lo reconduje "tirándome palante", sacando pecho, ya sabes. Cuando comienzas cualquier trabajo siempre tienes dudas, te planteas si serás capaz, si darás la talla, y si en ese momento no comprendes que en tu esfuerzo - que sólo tú valorarás realmente - reside tu satisfacción, fracasarás inevitablemente; simplemente porque serás incapaz de soportar el día a día.





Abandonaron la costa dejando atrás Vinaroz. Los últimos rayos de sol de la tarde calurosa se reflejaban en el espejo retrovisor. Berta viajaba entre los dos en la cabina del camión disfrutando del aire que entraba por la ventanilla y que comenzaba a ser más fresco. Pasarían de nuevo por Morella para enlazar con la carretera de Reús buscando Gandesa. Aquel rodeo era importante igual que seguro, y relativamente fluido en su tráfico teniendo en cuenta el movimiento de tropas que se daba en toda la zona. La intención era acudir desde la retaguardia, la maniobra de distracción del ejército republicano en el sector de Amposta había fracasado y la 105 división nacional de López Bravo controlaba la situación tras casi un día entero de combates, durante los cuales los republicanos perderían más de medio millar de hombres, muchos de ellos ahogados cuando intentaban de nuevo cruzar el Ebro.

No hay comentarios: