El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

AUTOBIOGRÁFICO.








Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Henry Miller, Trópico de Cáncer


En 1981 cumplía mis primeros dieciocho años. Por entonces, más que leer devoraba las novelas de Henry Miller, escritor estadounidense (1891-1980) proscrito por la sociedad hipócrita y puritana de su tiempo a la que criticaría en su obra escrita destapando su falsa moralidad, razón por la que sería censurada en EE.UU hasta el año 1961. Su estilo directo y provocativo abordaba las relaciones sexuales de forma explícita y sensual, rompiendo cánones con los escritores de su generación, lo que le supondría un proceso por obscenidad con su primera novela, Trópico de Cáncer, considerada pornográfica.
Su obra influiría notablemente en la generación Beat convirtiéndose en un icono del movimiento underground en los años sesenta y setenta. Puramente autobiográfica y existencialista, plagada de pinceladas surrealistas, fue referente en la revolución sexual y los derechos individuales del movimiento Hippie. Hoy en día en nuestro país resulta difícil encontrar su obra en las bibliotecas públicas. Hasta ese extremo hemos calcado la estrecha y falsa moral estadounidense sobre nuestro modo de vida. Puede que hoy en día, la progresía reaccionaria de corte feminista exacerbado que padecemos, considere a Henry Miller un escritor machista, incluso misógino, y a ello se deba la censura subterránea que sufre de nuevo su obra. Pero nada más alejado de la realidad.
Creo que es en Sexus, primera novela de su trilogía “Crucifixión Rosada”, donde Miller describe su paso como agente de selección en una oficina de contratación temporal en el Nueva York de de la Gran Depresión de Wall Street. En tono surrealista Miller nos cuenta las razones que le llevaron a abandonar un empleo tan deseado por muchos en aquellos tiempos y partir como inmigrante al París de entre-guerras para realizar su vocación de escritor sin más recursos que sus manos. Pasaría hambre y frío bajo los puentes del Sena antes de escribir el párrafo con el que he abierto este artículo.  

Recuerdo esto, porque hace pocos días me sentaba en el despacho de una agencia de contratación temporal como candidato en un programa de re-educación para la búsqueda de empleo, concertado con el servicio público de empleo debido a mi estado como parado de larga duración sin subsidio alguno. Me entrevistaba una mujer jovencísima, que sin dejar de sonreír y después de darme los buenos días, ofrecerme asiento y pedirme mi currículo, la tarjeta del paro y el DNI, (papeles que aporté en el acto), me presentó un documento que incluía un pliego de condiciones para que lo firmase. Mientras tanto me explicaba lo mismo que el día anterior por teléfono: Que había sido seleccionado para un programa de orientación para la búsqueda de empleo. Que ellos eran una empresa dedicada a...

Yo, tras echar una mirada presta a los papeles, y para no demorar en vano la cuestión, le comuniqué que no firmaría nada que me comprometiera a vínculo alguno con el servicio público de empleo ni con su empresa antes de saber en qué consistía aquel programa de formación para el que había sido seleccionado, pues no veía lógico que sin recibir información más amplia, se me pusiera tal condición por delante.

-En ese caso, si usted no quiere, bastará que nos firme un documento de renuncia. Está en su derecho -. Me dijo.

-Faltaría más – le contesté -. Aunque no es cuestión de querer o no, cuando aún no se sabe qué. No me gusta decidir sin saber lo que me conviene, y firmar de entrada esos papeles me supone compromisos innecesarios para mis intereses. Puedo leerles, si quiere, las obligaciones a las que me expongo firmándoles, y aunque tal vez me conteste que esas condiciones no las pone su empresa sino el servicio público de empleo, ya me dirá que hacen juntos sus membretes en el mismo documento.
Creo que entiende que es lógico lo que le digo, y que su obligación es prestarme primero la información más amplia y necesaria antes de requerir mi firma. Pensé que ustedes realizaban intermediación con otras empresas para la búsqueda de empleo en base a las capacidades de los candidatos y la oferta disponible, que es lo que las personas en mi estado necesitamos.

-Bueno - me dijo -. Aquí le ayudaremos a buscar empleo, y comenzaremos por enseñarle cómo redactar su currículo (curriculum fue su palabra).

Mi currículo profesional y su carta de presentación, junto al DNI y la Tarjeta del servicio nacional de empleo, continuaban sobre la mesa de la misma manera que los había entregado, sin ser comprobados, pendientes de ser escaneados para su archivo. No pude contenerme, había tocado mi amor propio de escritor, por lo que sin demora y mientras la miraba a los ojos, le pregunté:
















-¿Usted en mi caso, señorita, se fiaría de alguien que pretende enseñarle a redactar su currículo profesional, cuando ese alguien ni siquiera se ha molestado en echar un vistazo al que le han pedido? Porque eso mismo es lo que acaba de hacer usted conmigo. ¿Cómo está segura de que puede mejorarlo sin saber su contenido, si en todo este tiempo todavía no ha merecido su atención?

-Todo es mejorable - me contestó con abierta sonrisa.

-Sí - le dije -. Pero primero es necesario saber qué es lo mejorable. Yo, por lo que me interesa, he leído los papeles que me entregó al tiempo que he despachado con usted. Pero a usted, parece no  haberle dado tiempo ni a mirar la fotografía de mi currículo. La verdad es que ya he considerado que en el próximo no pondré fotografía, quien quiera conocer mi cara tendrá primero que fiarse de mis palabras.

-No sólo es el currículo. Le enseñaremos a marcarse objetivos, a mejorar su perfil, a hacer un seguimiento de las ofertas en el mercado laboral de forma adecuada…y podrá obtener las titulaciones profesionales necesarias que le permitirán acceder a diferentes candidaturas de empleo.

-Todo eso es secundario para mí cuando mi auténtica necesidad es un empleo remunerado.

-Bueno, el saber no ocupa lugar…

-Sí, sí que ocupa señorita; y mucho tiempo. Mire, es muy joven todavía, yo estoy ya en esa edad en la que uno comprende que saber tanto no es demasiado importante, y que hay cosas que es mejor no saber, no conocer. Perdemos demasiado tiempo en cosas que realmente no nos interesan y espero que me disculpe, ésta es una de ellas. Hace ahora un año aún pensaba como usted, que aprender no ocupa lugar, y cambiando la prestación que cobraba me apunté a un curso de formación. Siempre me ha gustado la jardinería, ¿sabe? Y no he dejado de practicarla. El caso es que cuando finalicé la formación que pretendía, con la que intentaba reingresar en el mundo laboral, el servicio nacional de empleo me denegó la prestación que antes cobraba, por lo que llevo seis meses sin recursos económicos. La intención de encontrar un empleo me ha traído aquí, nada más. No el hecho de que me hayan seleccionado como candidato para ingresar en las filas de su empresa. Pero no se asombre, esto pasa a diario y hoy me ha tocado a mí.
He sido antes profesional en otras cosas, como verá que refleja mi currículo, pero mi profesión actual es ser escritor, ¿pueden ayudarme con mi trabajo?

-¡Vaya, escritor! ¿Y qué escribe?

-Escribo un blog en internet.

-Eso está muy bien. ¿Y cuál es el nombre del blog?

Le di el nombre del blog, que rápidamente buscó en el navegador de su ordenador y que apareció al instante en su pantalla.

-¡Interesante!

-Sí, son diez años de trabajo. ¿Sabe lo que eso significa? Pues yo se lo voy a decir: significa hacer algo por uno mismo, sin más obligación, necesidad o imposición. Significa aprovechar el tiempo cuando el mundo te ha dejado tirado en la estación de la vida donde paran menos trenes, y todos conducen al mismo lugar. Significa vaciar el equipaje del pasado y volver a empezar, apostar como nunca por el fruto de las propias manos, aunque para otros no tenga valor. No creo haber perdido el mundo, sí que el mundo un día quiso perderme. Por supuesto no sería hoy quien soy sin estos años condenado al olvido, de retirada forzada. Y pese a todo lo he conseguido, soy por fin lo que deseaba y el mundo comienza a reconocerlo.

Me miraba sin decir nada. La sorpresa había desaparecido de su rostro dando paso a cierta admiración mezclada con una sutil compasión. Se acababa de dar cuenta que me había perdido, que nada podía hacer por retenerme. Entonces se levantó, se acercó hasta donde estaba instalada la impresora y tomó un papel impreso en su mano con el que regresó hasta la mesa redonda de escritorio donde anteriormente me había invitado a sentarme a su lado. 

-Este es el documento de renuncia - dijo, no sin cierto pesar -. ¿Está seguro de que quiere firmarlo?

-Sí, por favor - contesté -. Creo que ambos tenemos claro que tardaremos en vernos. Pero permita que la salude si un día por casualidad nos encontramos, me parece una joven agradable y buena persona.

-Quizás no tanto -. Siguió sonriendo.

-¿Cómo?¿No entiendo?  

-Soy de...Usted es de...¿Verdad? Entonces quizás no tardaremos en vernos -. En sus ojos se notaba una chispa de sincera emoción.

-Estaría encantado en invitarla a un café.

-Fenomenal entonces. Me disgustaría haber hecho perder su tiempo – me comentó de forma sincera.

-No, no se preocupe, la he conocido a usted y es lo mejor que me ha pasado esta mañana tan fría. Usted ha conseguido poner un poco de calor en ella con su comprensión. Y no, no he perdido nada, estoy seguro de haber conseguido una buena lectora.

Y me despidió con la misma sonrisa con la que me había recibido al entrar. Salí de nuevo a la calle, dos secretarias veteranas tomaban el primer descanso de la mañana fumando a un lado y al otro de la puerta. Apartaron de mí con desdén la mirada cuando pasé a su lado. Intentaban mitigar el frío que sentían (quizás también mi indiferencia) cubriendo su torso con los brazos cruzados mientras fumaban. Sobre sus cabezas las nubes de humo que exhalaban sus bocas se disipaban en la niebla. 
Y recordé a Miller paseando en soledad un día frío de invierno en Nueva York, bajo el viejo puente de Brooklyn y los rascacielos de Manhattan, meditando la decisión con la que conseguiría burlar al destino para realizar su personalidad.














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