El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

viernes, 1 de abril de 2011

Un hombre que amaba los animales. Cap. 37



La torrencial lluvia de bombas que caía sobre las trincheras enemigas estaba machacando también las posiciones que ocupaban los hombres de José por el ala izquierda, a pesar de la precisión con la que los Junkers 87 alemanes  (Stukas") y los Savoia-Marchetti italianos - "los malditos Jorobados" les llamaban - hacían su trabajo de demolición. Pero inevitablemente, la estrecha franja que dibujaba el río Turia en aquel punto a su paso por la ciudad, la oscuridad de la noche y la proximidad entre las lineas, hacían imposible una mayor selectividad de los bombardeos en aquel sector, provocando serios daños colaterales.


José ordena retrasar sus lineas en aquel lado y apoyar ahora con los morteros el otro, reforzando así el fuego contra el nido de ametralladoras que les cierra el paso por el puente.


-"Los fuertes bombardeos han dejado fuera de combate al tanque y a la pieza anticarro, es la hora de entrar en contacto directo con el adversario - piensa -; hay que saltar al otro lado a través del puente, cueste lo que cueste, de otro modo los hombres perecerán inútilmente intentando cruzar el río helado."-


José lanza a sus hombres tras él corriendo por el puente sin dejar de disparar; las balas enemigas se estrellan en las grandes celosías de hierro de su estructura, algo que beneficia su avance en la oscuridad, pero que no logra impedir que se produzca un buen número de bajas, pues los republicanos han colocado una "Maxim" en la misma boca de salida que no para de escupir plomo y que los mantiene atrapados a medio camino del trayecto, entre el fuego cruzado procedente ahora de tres direcciones distintas.


Una sección entera permanece atrapada en el estrecho puente, desangrándose poco a poco por las balas republicanas que mantienen a raya su avance. Pero en aquel fatídico momento, cuando ya es evidente la hecatombe, un tanque de la 62 División de Muñoz Grandes aparece a sus espaldas abriendo fuego por encima de sus cabezas y avanzando mientras cubre a la tropa que le sigue detrás.
José respira aliviado cuando los falangistas de la Décima Bandera aparecen tras el tanque, aunque hubiese preferido que fuesen otros quienes le apoyaran en la maniobra; habían llegado tarde como siempre, y eso les había causado bajas innecesarias.


Tras derrumbarse el frente en el norte de Teruel, la ciudad quedó defendida por la 46 División del Campesino, que desde el día diecisiete de febrero fue duramente castigada por la aviación nacionalista con bombardeos ininterrumpidos durante el día y la noche, que provocaron que sus unidades se dispersaran.
Antes, el día 10, el XIII Cuerpo de Ejército republicano había sido diezmado por las fuerzas de Yagüe y Aranda. 



Tras perder Sierra Palomera y el pueblo de Alfambra, Rojo intentó frenar el ataque nacional reorganizando su ejército y relevando al XX Cuerpo con la 47 División de Valencia y algunas otras unidades, al mando de Galán, pero las divisiones nacionales rompieron el frente por Moltalbán consiguiendo una penetración de treinta kilómetros sobre Teruel. Desesperadamente, Vicente Rojo ordenó cubrir el hueco abierto con el XXI cuerpo de ejército, a cargo de Juan Perea, que se incorporó desde Lérida e inició un contraataque por Segura de Baños apoyado con tanques y un buen número de baterías de artillería. En principio se consiguió recuperar un corredor de más de quince kilómetros, pero la superioridad aplastante de las fuerzas de Yagüe - siempre apoyadas por una cobertura aérea superior - logró restablecer el control el día 18 mientras las maltrechas fuerzas republicanas se replegaban sobre la ciudad.
Aranda había conseguido también atravesar el Alfambra cerrando la maniobra de envolvimiento, en contra de los esfuerzos de Rojo por taponar su penetración hacia la carretera de Valencia con la 28 División procedente de Cataluña y la 35 Internacional de Walter, mas el empuje de las divisiones de Aranda consiguió arrollarlos. 
La 66 de Barrón cruza el río Alfambra el día 17 por el molino de Villalba Baja, penetrando más de cuatro kilómetros en la sierra y controlando varias cotas de importancia, y la 150 consigue por fin cruzar el río Turia en un ataque nocturno el día dieciocho. Después, ambas divisiones serán tomadas por Barrón para cubrir las espaldas a la 83 y la 84 Divisiones de Aranda, del movimiento envolvente de la 25 División republicana al mando de Vivancos, lo que posibilitará que la 84 tome Valdecebro el día 20 con ataques de caballería y la fuerza de sus tanques.


Un doble cerco sobre Teruel se instaura de nuevo, ahora son las tropas republicanas quienes se ven sitiadas. Los combates son fuertes a las afueras de la ciudad, donde los soldados republicanos luchan encarnizadamente por mantener el control de los arrabales. En el Mansuelo, Santa Bárbara y el Cementerio resisten los de la 46 del Campesino, aunque Rojo sabe que la plaza está perdida y que el tiempo para salvar Teruel desde el exterior se ha terminado; ya no le quedan reservas, por lo que ordena a las fuerzas que aún combaten que se replieguen hacia el sur de la ciudad.


Sólo un milagro, o la posibilidad de romper el cerco desde dentro, pueden salvar de una muerte segura a los más de 2000 hombres que aún combaten sin reservas ni suministros en una ciudad muerta, que se ha convertido en una ratonera mortal donde muchos de ellos deambulaban como fantasmas, como si sus almas les hubiesen abandonado igual que sus fuerzas, exhaustas por la lucha, el frío y el hambre; al borde mismo de la locura.


Aquella noche del 21 de febrero, tras perderse las últimas defensas exteriores de la ciudad, se combate ya desde el extrarradio hacia el centro, calle por calle y casa por casa del arrabal. Los de la 101 Brigada republicana son también empujados hacia el interior desde el Viaducto por las divisiones navarras de Varela; la 10 Brigada queda atrapada a las afueras, al norte de la ciudad, entre el doble anillo de tropas nacionales que la rodea, y la 209 se bate en el sector donde José lucha con sus hombres.


-Bueno José, te debía una.- Le dijo el Fortu, que cruzaba tras sus soldados el puente y que se detuvo ante José cuando éste trataba aún de reorganizar la sección después de un breve recuento de bajas -. Quedan saldadas nuestras cuentas. - Y sonrió maliciosamente.


-Por ahora - replicó José con frialdad, sin dejar de mirar el brillo de los ojos verdes del Fortu  -.

-José, no me digas que aún me guardas rencor...Lo pasado pasado, ¿no?






-No.- Le contestó José -. El pasado existe mientras quedan cuentas por saldar; y tienes demasiadas, nunca te librarás de él.
-No se de que cuentas me hablas, creo que te estás confundiendo. Yo no debo nada a nadie; y nadie me reclamará nada jamás.
-¡Yo te estoy reclamando ya. ¿Qué ha pasado? ¿Tu reloj lleva otra hora que el mío, o es que piensas que mis hombres están aquí para servirte a ti de alfombra? - Aplomado firme frente a Fortu, casi le escupió las palabras a la cara.

-Oye, oye - le contestó el Fortu separándose un poco -, estamos en guerra y no somos Dios, que está al mismo tiempo en todas partes -.

-Dios no es cobarde, ni aparece siempre en el último momento disparando por la espalda.

-Me estás llamando muchas cosas además de cobarde y aquí no podremos resolver el asunto, pero si lo que quieres es una satisfacción tendremos tiempo después de la batalla; si sobrevives claro.

-Eres un canalla y un miserable - le dijo enfurecido y casi fuera de sí José -; pues claro que sobreviviré, aunque nada más sea para ver como desapareces. Y algo te quede claro: si vuelves a poner a mis hombres en peligro iré a por ti y te mataré.

-No te tengo miedo José; te estaré esperando -. Le dedicó una sonrisa maliciosa otra vez, y dando media vuelta se perdió al momento entre las sombras del puente.


"Hijo de puta, ¿que se habrá creído?; aquí no existen los favoritismos - se decía José -; aquí hay que ganarse los honores con sudor y sangre, pagando los errores con la misma moneda y asumiendo la responsabilidad con dos cojones. Aquí no, no se podrá escapar más".


Un mismo conflicto había arrastrado a la guerra a los dos hombres, aunque de muy distinta manera. Uno tuvo que alistarse para sobrevivir al futuro y el otro para escapar de su pasado. Luchaban juntos, mas por distintas causas, y tanto para uno como para el otro esas causas derivaban de sus propias naturalezas, que eran incompatibles. La guerra había cruzado sus caminos y era inevitable un desenlace fatal, un choque frontal que les afectaría para siempre.


José meditaba ahora y comprendía cosas que antes le velaba su sentimiento, cómo que quienes pierden siempre y pagan, son aquellos que como él nunca se ponen de parte de nada, que les gusta vivir y dejar vivir y sólo le entretienen el trabajo y la vida familiar. Nunca se definió políticamente, no se identificaba con nada que supusiese el menor enfrentamiento. Ni siquiera había votado en las últimas elecciones de junio del 36. Tampoco estaba afiliado a partido político alguno, algo que en aquellos años abrazaron muchos jóvenes como él.


-"Entiendo ahora porqué la mayoría de las gentes se decantan hacia un extremo u otro - se decía mientras las ideas corrían vertiginosas por su mente -. Buscan una sombra, un cobijo, una protección, algo que les ampare. Y son fieles siempre a esa idea como lo son a su parroquia, al club que frecuentan o a su torero favorito, que tenga buena tarde o no, representa sus anhelos, aspiraciones y debilidades. Por lo cuál es peligroso quedarse fuera de juego. Unos y otros desconfían de sus adversarios porque en el fondo se sienten inseguros de sí mismos, de todo el género humano; y como no, de cualquier in-definición, por lo que ésta se convierte siempre en el chivo expiatorio, en el motivo de discordia. Nunca somos favorecidos por nadie quienes nos mantenemos al margen; siempre estaremos condenados a conseguir las cosas sin ayuda, con el único medio de que disponemos, nuestra capacidad de trabajo. Somos para ellos como simples bestias, o como máquinas que se utilizan y se desechan después de usarlas, cuando se les ha sacado el beneficio. Sólo si somos necesarios a sus intereses nos tienen en cuenta, y pronto se olvidan de que les fuimos útiles cuando logran sus objetivos."


-¿Te pasa algo José? Vamos, crucemos el puente - le dijo Sergio mientras lo agarraba por el brazo -, no podemos detenernos aquí.
-¡Ah sí, Sergio! Crucemos, no se que me ha pasado. ¿Dónde está Vázquez con los morteros? 
-Han cruzado ya. Pero no te detengas, tenemos que salir inmediatamente del puente.






Los dos hombres se adentraron juntos en la refriega que se libraba al otro lado del río, ocultándose en la oscuridad interrumpida sin cesar por los resplandores de la batalla y de los edificios en llamas, que trasmitían sus sombras fantasmagóricas sobre las calles repletas de escombros, de máquinas abandonadas, desarmadas, destrozadas; y de hombres muertos, demasiados.






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