El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

sábado, 11 de julio de 2009

Un hombre que amaba los animales. Cap. 2






























La ciudad permanecía en calma. A esas horas, recién caída la noche, reinaba el "toque de queda" que imponía un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el agudo y penetrante sonido de alguna sirena, el rugir de los motores de los camiones y vehículos militares que de cuando en cuando salían o entraban a la ciudad, o los pasos machacones de algún escuadrón de guardia.

Con enorme sigilo fue sorteando las calles medio oscurecidas, vacías por completo de gentes; amparado entre las sombras de los portales y espiando en las esquinas antes de cruzar otra calle, una plaza más que le llevara a la comandancia donde pretendía alistarse. Sabía que si lo detenían mientras tanto, no le serviría de nada explicar sus intenciones, no le creerían y puede que ese fuera su fin.

Llegó al cabo de un interminable y angustioso espacio de tiempo a la antigua plaza de La República, cuyo cartel, sustituido por una bandera bicolor pintada en su sitio, yacía en el suelo en la misma esquina de la calle por la que se conducía.
Había cierto movimiento de gente militar uniformada con los colores verde caqui del ejército y azul marino de las falanges, que producían un murmullo incesante con sus entradas y salidas de la comandancia.
Esperó agazapado en la esquina mientras cambiaban la guardia. 
Con la espalda pegada a la pared del edificio, aprovechando las sombras que proyectaban sobre ella los árboles de la plaza y evitando cualquier movimiento brusco que alarmara a los vigilantes, fue acercándose poco a poco. A escasos metros de la puerta reconoció a uno de los vigías. Era Atilano, el hijo del "Molinero". Se había alistado nada más comenzar la contienda, la sublevación surgida contra la República en pleno corazón de Castilla.

-"Ati, Ati". Mírame, estoy aquí.

Alarmado, el guardia replicó:

-¿Quien anda ahí, quien va?

-Soy yo, José; el hijo del "Patato".

- Pero, ¿qué haces aquí, a estas horas? ¿Estás loco?

-No, no. Escúchame, vengo de verdad para alistarme. Me están buscando; me juego el pellejo.
Hazlo por mí. He de presentarme ante el superior que esté de guardia, dile que vengo por lo de las mulas.

- ¿De qué mulas me hablas? ¿Estás loco, o qué?

- Hazme caso, que yo sabré lo que tengo que decirle. Date prisa, si me pillan aquí me fusilarán mañana.

El guardia, de acuerdo con su compañero de armas, entró en la primera estancia donde se encontraba el oficial de guardia. José esperó en la entrada de la puerta vigilado por el otro soldado, que lo miraba de arriba a abajo sin pestañear, sin decir nada.
A los pocos minutos apareció un oficial seguido por Atilano, que aún mantenía en su cara la sorpresa y el escepticismo por lo que pudiese pasar.

- A ver - dijo el oficial con rango de teniente- ¿Qué haces a estas horas por aquí, incumpliendo el toque de queda? Debería arrestarte inmediatamente. Espero que tengas una buena razón que logre convencerme de lo contrario.




























- Señor, le juro que me ha sido del todo imposible presentarme antes, pues he estado ausente los últimos días. Me llamo José, José González Alonso; y soy vecino de Moncebriles. Un amigo me dijo que están alistando gente para ir al frente y que necesitan un especialista para el ganado mular y para los caballos. Señor, ese es mi oficio, y le juro que se hacerlo mejor que nadie.

- Así que mejor que nadie. Bueno, eso ya lo veremos. Ahora vente conmigo. A partir de hoy empieza para ti una nueva vida...si es verdad lo que dices.

Aquella noche durmió en el acuartelamiento, no sin antes recoger el atuendo militar que le entregara el cabo furriel y las instrucciones que le diera el teniente para que se presentara el día siguiente, después del toque de diana, al capitán de la compañía de "Plana Mayor".



- A sus órdenes, mi capitán. Se presenta el soldado José González de la sexta compañía, a la que pertenece el teniente "Flores", quien me ha remitido a usted para recibir nuevas instrucciones.


Permaneció en posición de "firmes" con la mano levantada sobre la frente, ejecutando el saludo marcial.



-Descanse soldado -. Y mirando un parte que sobre la mesa tenía, siguió diciendo:
 Tengo entendido que es diestro en el manejo de mulas y caballos. Bien, a partir de este momento pertenece a la novena compañía, que es Plana Mayor, y estará siempre a mis órdenes. Soy el capitán Gutiérrez. Recuerde bien mi nombre.

Era un hombre alto y bien formado, de ademanes enérgicos y andar resuelto, decidido. De la expresión de seriedad y dureza de su rostro emanaban palabras claras, concisas, que no daban lugar a la duda de sus órdenes e intenciones. Era conocido entre los soldados por ser hombre capaz, a quien no temblaba la mano en sus decisiones, además de ser el preferido del coronel que mandaba el regimiento. Continuó:

-Llevará este parte al capitán veterinario, que tiene su despacho junto a las dependencias de música, donde se reúne la banda para formar. Recuérdele que va de mi parte. Recibirá instrucciones de su nuevo destino en el cuartel. El capitán le dirá cuales serán sus obligaciones a partir de ahora. He puesto toda la confianza en usted; espero que no me defraude. Puede retirarse soldado.




























José repitió el saludo marcial, y dando media vuelta se retiró.

"Había tenido mucha suerte" - pensó -. Seguiría por el momento haciendo aquello que le gustaba y para lo que creía haber nacido. La buena estrella parecía acompañarle y estaba decidido a aprovechar aquel nuevo golpe del destino.
Directamente se encaminó con su parte de la mano a la dependencia de veterinaria. El cabo primero que lo esperaba le condujo sin dudar hasta las cuadras, donde el capitán se hallaba realizando una cura a un caballo. En el camino dejaron atrás los hangares de los vehículos motorizados, llenos de camiones, carros antitanques y otros cañones de menor calibre. Era el lugar destinado para el ensayo diario de la banda de música, que se encontraba entonces presente, en plena interpretación de una marcha militar. El sonido atronador de los tambores rebotaba sobre los muros exteriores amplificando la resonancia del hangar frente al que se encontraban, lo que machacó sus oídos al pasar, y las cornetas estremecieron su cuerpo por un momento con su timbre elevado y potente. El camino a cuadras pasaba por allí inevitablemente. Era una pendiente empinada que surgía tras dejar atrás cocinas y talleres, con el suelo empedrado, lo que la hacía resbaladiza siempre que llovía. Al final de ella, girando a la izquierda en dirección norte, un estrecho pasillo separaba los recintos de cuadras donde se hospedaban las bestias. 

-A sus órdenes, mi capitán - dijo el cabo -. Le traigo al soldado destinado como ayudante por el capitán Gutiérrez.

- A sus órdenes, señor -. Respondió José.

-¿Sabe usted de herrajes de animales? - Dijo el capitán.

-No es mi especialidad señor, pero sí, se.

-De acuerdo; ayude a ese mozo con la mula.




























José dirigió sus pasos hacia el soldado, que sofocado y sin aliento ya, trataba de mantener sujeta la pata trasera de una mula que permanecía atada a una de las argollas clavadas en larga fila sobre la pared y que servían de amarre para los animales. La pobre bestia se revolvía y pateaba frenéticamente en cualquier dirección que le permitía la correa de cuero a la que permanecía atada. Su morro estaba atrapado por una trinca de castigo con el que el herrador había intentado sin éxito dominar al animal, y todo su cuerpo temblaba empapado en un sudor frío que se convertía en salitre blanquecino al secarse sobre la piel.
De sus intentos por liberarse, el animal, que tenía atada la otra pata trasera con su homóloga delantera, resbalaba y caía al suelo de forma estrepitosa. El soldado, sin darle tregua, la golpeaba con una vara larga para que se levantara. Sus narices se hinchaban convulsivamente haciendo lo imposible por respirar y expirar al mismo tiempo.
José pidió al mozo que se tranquilizara, ya que su estado de excitación era tan grave como el del animal que trataba de dominar.

-Descansa un poco; yo me encargaré.

-Ten cuidado, es un animal indómito, salvaje; lo peor que tenemos en la cuadra.

-No te preocupes, déjame a mí. Me haré con ella y la sujetaré para que la puedas herrar.

Esperó un momento para dar respiro al animal, que continuaba postrado en el suelo contrayendo y expandiendo sus costillas y su vientre con respiración nerviosa, mientras el sudor no dejaba de brotar por todos sus poros. Poco a poco, al cesar el castigo, el ritmo de la respiración se fue ralentizando, lo que dio paso a una especie de tic nervioso sobre su piel.
Se acercó entonces con decisión y pasando la mano sobre su lomo tiró al suelo el sudor frío. El animal reaccionó a su tacto sin brusquedad, incorporándose al instante con la rapidez que le permitieron las fuerzas maltrechas.
Volvió a deslizar la mano derecha por su cuello sudoroso y con la izquierda aflojó la trinca que le estrangulaba el morro, insensibilizado por el dolor, liberando a la mula del tremendo castigo. Sumisa agachó la cabeza mientras él escurría el sudor salitroso que cubría todo su cuerpo.
Acarició entonces su vientre, tocando sus mamas estériles mientras permanecía quieta. Cuando el animal se tranquilizó por completo revisó las ataduras, y cogiendo la pata trasera que quedaba libre para ser herrada, la flexionó con soltura diciendo al mozo:

-Ya puedes empezar. Emplea tu mejor saber con sensibilidad y sin que sienta el miedo que le tienes.

El capitán había permanecido observando la acción durante todo el tiempo y quedó asombrado de las magníficas cualidades que destacaban en el nuevo ayudante que le habían asignado. Se acercó a ellos mientras completaban la tarea y dijo a José:

-Soldado, muestras valor y sabiduría. Realmente me has sorprendido. No esperaba tanto de ti. Mostraré mi congratulación al capitán Gutiérrez, quien sabe recompensar las buenas acciones. Dime, ¿también sabes de caballos?

-Mi capitán, -respondió José- me apasionan los caballos.









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